Juan Antonio Pizzi tomó todos los caminos equivocados. Insistió con Buffarini de lateral, modificó todo el equipo cuando lo regresó a su posición de volante, puso a Piatti sin necesidad sabiendo que no estaba para jugar y su buen juego duró sólo diez minutos. Sus sólo dos partidos como técnico de San Lorenzo y su perfil bajísimo, por ahora, lo ponen a cubierto de una crítica feroz.

 

La gente de San Lorenzo reacciona de la peor manera: culpando al afuera. Los periodistas, los dirigentes visitantes, los árbitros… Todos son culpables, según ellos, de que San Lorenzo esté en zona de descenso. Así fue la vida de River en los últimos tramos del torneo que lo llevó a la Promoción/Descenso. Nunca jugaba mal, según la platea. Siempre los perjudicaban. Terminaban los partidos, River perdía o empataba pálidamente y las miradas iban hacia periodistas, árbitros, dirigentes rivales, supuestas conexiones entre los dirigentes del rival ocasional y la AFA. La ventaja que tiene San Lorenzo sobre aquellos días aciagos de River es que todavía falta mucho. A River estas cosas le pasaban en las últimas fechas.

Vamos a llegar al análisis del arbitraje, que fue lo único que observaron los hinchas de San Lorenzo, angustiados por el empate final de Quilmes. Empecemos por San Lorenzo. Juan Antonio Pizzi se equivocó en todo, planteo, formación y falta de resolución cuando Omar de Felippe hizo un cambio táctico que modificó el desarrollo del partido. Insistió con Julio Buffarini de lateral derecho. Cuando lo puso contra Godoy Cruz, pensamos en un recorrido amplio y no lo tuvo. Su límite fue la mitad de la cancha, con un extraño injerto de Jara como volante derecho. En Mendoza, sacó a Ruiz para poner a Masuero. Masuero fue de 4, Buffarini a la derecha y Jara libre, unos metros más cerca de Stracqualursi. A esto –Buffarini de “4”, Jara de “casi 8”– sumémosle que Prósperi está jugando como lateral izquierdo, posición en la que debe hacer jugado algún partido perdido en Argentinos Juniors. O sea, ya tenemos tres jugadores fuera de posición. Imagino que Pizzi piensa en Buffarini detrás de Jara porque el ex Arsenal y Benfica no regresa y ahí necesita recuperación. Buffa puede darle esa recuperación. El tema es que el ex Ferro queda retenido y San Lorenzo pierde una de las pocas armas ofensivas que tuvo en el ciclo de Caruso Lombardi. Jara “no está” y el resto no da la talla.

Pablo Migliore se queda con el débil remate de Martín Cauteruccio. El primer tiempo se terminaba, San Lorenzo ganaba 2-1 y había tenido un tramo de buen juego. A la vuelta del entretiempo, el mejor fue Quilmes. Y le embocó la última.

En el primer tiempo del partido con Quilmes, San Lorenzo tuvo dos pilares: Enzo Kalinski y Luis Aguiar. La única diferencia visible en el juego entre el San Lorenzo de Pizzi y el de Caruso es que, ahora, se respetan más las “estaciones del juego” (dixit Diego Latorre). ¿Qué significa esto? Que cada jugador de San Lorenzo –mientras puede, mientras no se lo come el apuro– intenta darle a la pelota un destino seguro, útil. Trata de tener la posesión de la pelota, buscar un camino hacia el arco rival. Si ese camino está bloqueado, entonces, a empezar de nuevo. Es una buena manera de combatir la desesperación y la ansiedad. Y quienes mejor entendieron esta idea fueron Kalinski y Aguiar. Uno, Kalinski, más cerca del fondo. El otro, Aguiar, asumiendo roles de armador. El primer tiempo del uruguayo fue de las mejores actuaciones individuales de San Lorenzo en el torneo. Esa tarea estupenda se tradujo en tres situaciones muy favorables: el primer gol de Ruiz –gran pase filtrado de Aguiar con taco y todo, con Quilmes amontonado en la puerta de su área– y el segundo del propio Aguiar, que hizo todo: arranque, pared con Ruiz, entrada y definición. Hizo otro gol, pero la jugada fue equivocadamente anulada por el juez de línea Andrés Barbieri. Lema salió tarde y el uruguayo estaba habilitado cuando definió ante Trípodi.

Leandro Díaz logra neutralizar a Alan Ruiz. De Felippe hizo un cambio decisivo para la historia del partido: sacó a Chirola Romero, reforzó la zona central con Díaz y puso a Mandarino por afuera. Con este movimiento, los problemas para Quilmes disminuyeron notablemente.

El primer gol de San Lorenzo fue a los 25. El segundo, a los 29, ambos en la etapa inicial. Antes de eso, Quilmes había llevado a cabo su plan de esperar y atacar a San Lorenzo a espaldas de los improvisados laterales defensivos. El gol de apertura de Cauteruccio fue una pintura de esa idea. Salió Quilmes del fondo con Chirola Romero hacia Mansilla. El volante izquierdo cruzó un pase largo hacia la otra banda, donde Prósperi no estaba y en la que Leandro Díaz tenía campo y pelota a favor. Díaz metió el centro al lugar libre detrás de Buffarini y donde los centrales no llegaban. Diz la metió al medio y definió Cauteruccio. El fútbol tiene lógica muchísimas veces. Esta fue una de esas veces. El gol del cuadro cervecero llegó por los lugares que De Felippe había imaginado.

Cuando San Lorenzo tuvo esos 8/10 minutos de un juego más o menos asociado y ganaba 2-1 con grandes chances de aumentar, el técnico de Quilmes hizo una modificación que cambió decisivamente el trámite. Corrigió su error de poner a Chirola Romero de doble 5 y mandó a la cancha a Germán Mandarino. San Lorenzo le dio vuelta el partido burlándose de la ortodoxia, que dice que “hay que atacar por las puntas”. El negocio de San Lorenzo estuvo por el medio porque Cobo estaba solo contra dos, tres y hasta cuatro volantes del Ciclón. Llegaron los goles del equipo de Pizzi, San Lorenzo se vino como una tromba para terminar el partido ahí mismo y el DT cervecero leyó perfectamente lo que estaba pasando. No esperó el entretiempo, no se ató a ridículos códigos. Sacó a Romero a los 37 del primer tiempo y puso a Mandarino. Mandarino fue de volante derecho y Leandro Díaz se paró al lado de Cobo, en una posición que le queda muy cómoda. A partir de esta modificación, Alan Ruiz no participó del juego, Aguiar quedó ceñido a una lucha más pareja y perdió más de lo que ganó, Kalinski ya no encontró receptores válidos para su prolijidad.

Jacobo Mansilla y su fiereza. Julio Buffarini y su entrega. Este fue uno de los duelos de la tarde, ganado mayoritariamente por el volante izquierdo de Quilmes. Pizzi deberá revisar la posición de Buffa. Lo aleja de su zona de influencia y lo somete a errores por falta de oficio de defensor, como el penal que le hizo al propio Mansilla.

También fue lógico que el empate de Quilmes llegara por arriba. Los defensores de San Lorenzo siempre perdieron en el juego áereo. Quilmes había tenido una clarísima por el pibe Elizari que dio en el travesaño (30 del ST) y Mandarino acertó la última pelota parada, sin marca. Más allá de alguna escapada de Jara o alguna llegada de Stracqualursi, Quilmes había hecho méritos para empatar. Las discusiones por la actuación de Patricio Loustau más la mala costumbre de tratar al rival del grande como a un convidado de piedra, hicieron perder de vista ciertos detalles tácticos y estratégicos del cervecero que derivaron en el empate final. Insisto: cuando De Felippe puso a Mandarino por la derecha, corrió a Leandro Díaz al medio y sacó a Chirola Romero, San Lorenzo no pudo hacer más lo bueno que hizo en el tramo que metió los dos goles.

El médico de San Lorenzo les dijo a los periodistas en la semana, off the record, que “Piatti no está para jugar, no me hago responsable”. Pizzi dijo otra cosa después del partido. Fue un grave error del entrenador ponerlo en esas condiciones, fue un grave error del médico no salir a despegarse públicamente del riesgo que implicaba que jugara.

No quiero extenderme mucho en la actuación del árbitro, porque las razones por las que San Lorenzo no ganó son varias y todas esas “varias” están antes que la actuación de Loustau.

Estuvo mal anulada la jugada que derivó en un gol de Aguiar. El volante de San Lorenzo estaba habilitado. Comparto el criterio del juez en considerar “sin intención” la mano de Lema. Es clarísima la intención del defensor de sacar el brazo. Nos han “maleducado” reglamentariamente. Nos metieron cosas como “mano pegada al cuerpo”, “interrumpe la trayectoria de la pelota”, “iba al arco”. Nada de eso es correcto. Lo único que vale es la opinión del juez. En este caso, se comparte. En otros no, pero siempre es subjetivo. Los hinchas de San Lorenzo buscan un reglamento donde diga que es penal. No hay, quédense tranquilos.

La jugada que derivó en el penal que, finalmente, le atajó Migliore a Cauteruccio, no admite discusión. En todo caso, agreguemos esto al error de poner a Buffarini de lateral. Su falta de oficio en el puesto hizo que fuera al piso en un lugar en donde no hay que ir al piso y sobre un adversario que se aleja de la chance de gol. Finalmente, la no expulsión de Buffarini por el golpe artero a Lema es una falta grave del árbitro y el línea Gustavo Civelli. Fue muy claro que Loustau iba a dejar pasar todo y no iba a echar al volante de San Lorenzo. La reacción de Lema lo expuso y fue roja para los dos. No fue justo. Debió echar sólo a Buffarini por el brutal golpe. Pero no cobró foul, dio lateral.

La apresurada e incomprensible inclusión de Piatti fue como para que el técnico reflexione toda la semana. El médico le dijo a los periodistas que “no está para jugar”. Pizzi lo puso en un partido que San Lorenzo ganaba, en lugar de acudir a Mercier para equilibrar el medio, zona en la que San Lorenzo no tuvo el control en todo el segundo tiempo y, de paso, darle a Piatti una semana más de recuperación. Desde el banco, Pizzi tampoco supo resolver el cerco que Quilmes le hizo al trío Kalinski – Aguiar – Ruiz con la entrada de Mandarino y el corrimiento de Díaz.

El empate sobre la hora duele más que cualquier cosa. Pero los responsables principales están adentro. Si San Lorenzo los busca afuera, si sus hinchas se deshacen en paranoias o en teorías conspirativas injustificadas en lugar de ver lo que pasa con el equipo, habrán puesto el foco en el lugar incorrecto.

Y esa ecuación siempre termina  mal.

 

Cuatro ojos fijos en la pelota. Dos son de Franco Jara, el jugador más resistido por los hinchas de San Lorenzo. El otro par es de Lisandro López, zaguero de Arsenal que juega con la solvencia de un experto. San Lorenzo y Arsenal entregaron un 0 a 0 lógico.

Todo lo que toca o tiene que ver con Marcelo Tinelli toma unos niveles mediáticos que agigantan hechos y personas que superan a la realidad. PAsa todo el tiempo en su programa de televisión. Nos creemos que en una pelea entre Moria Casán y Graciela Alfano se va a definir el destino de la Nación.

Y muchos creyeron, que la andanada de jugadores que se sumaron a San Lorenzo en el puñado de días previos al comienzo del torneo Inicial lo ponían al cuadro azulgrana en situación de pelear arriba. Es más, cuando el poder de seducción de Marcelo logró que Ignacio Piatti firmara con el Ciclón en medio de la disputa con Independiente, Racing y River, todos pensaron que sí, que para San Lorenzo ya no habría penas ni olvido.

La realidad es que el único que tiene dimensiones enormes de influencia y responsabilidad  es Tinelli. Matías Lammens es un joven empresario afín (y con un parecido físico asombroso) a Marcelo que tiene buenas ideas y ojalá pueda inocularlas en el viejo, querido y desvencijado fútbol argentino. Pero si este proyecto fracasa, se lo van a cargar a la cuenta de Tinelli. Por eso, la ropa en juego es la de Marcelo.

Matías Lammens y Marcelo Tinelli. Cuando Marcelo se acercó al club y tomó responsabilidad ejecutiva, todos creyeron que San Lorenzo ya estaba a cubierto de todo. El fútbol es un poco más complejo que eso. Va a llevarle mucho tiempo.

Comencemos por el principio. Tinelli no hubiese elegido a Ricardo Caruso Lombardi como entrenador. No es su estilo, no es el perfil que quiere para la titánica empresa de devolverle a San Lorenzo el prestigio ganado durante décadas y que los dirigentes noventistas tiraron por la borda en los 90 y buena parte de los 2000’s.  A Marcelo le gustan los entrenadores de perfil bajo. Su ideal sería el  ingeniero Manuel Pellegrini. Tiene otras variantes: Marcelo Gallardo, Santiago Solari… Ahora se habla de Fossatti, Pizzi, Cabrero, Arruabarrena. Tinelli alguna vez eligió al Cholo Simeone para DT de San Lorenzo. Caruso no lo convence ni siquiera desde su modo de vestirse.

Pero Tinelli hizo algo que pocos dirigentes del fútbol argentino hacen: respetó el convenio del técnico y, más aún, se hizo cargo de que el club está en situación económico – financiera precaria y que no puede darse el lujo de pagarle a tres o cuatro técnicos al mismo tiempo. Algunos ven mal que Tinelli sostenga a Caruso sólo “porque no le puede pagar”. Y no está mal. Está bien. Lo primero es el club, es la estabilidad institucional. San Lorenzo es un club que fue devastado, al que pésimos dirigentes (en el mejor de los casos) apenas dejaron las migas de lo que fue. Otro error común es mezclar las cosas. Nada tiene que ver el gusto personal. Ya quedó claro acá que ni Tinelli ni Lammens son “carusistas”. Pero el club está primero. Es fantástico que así sea.

Ricardo Caruso Lombardi se tomó la cabeza toda la tarde. Su equipo confunde apuro con velocidad, desorden con dinámica, avance con ataque. Y él no ayudó con los cambios. Equivocó el camino y el 0 a 0 es la prueba elocuente, más allá de un par de merodeos al arco de Arsenal.

En un momento dado del empate en cero con Arsenal, nos miramos y nos dijimos: “Hoy está jugando peor que con Racing”. El espectuacular resultado en contra de Avellaneda puede llamar a engaño, pero aquel San Lorenzo de Piatti, que perdía 0-1 por una irresponsabilidad de Prósperi, que después perdió a Piatti por su lesión número mil, que después quedó 0-2 por una desgracia de Gentiletti, que después quedó 0-3 por una cabriola de Masuero que dejó solo a Cámpora, que después quedó 0-4 por un gol en contra del mismo Masuero, que después quedó con 10 porque Gentiletti se hizo echar, que después quedó con 9 porque Masuero se hizo echar, jugó mejor que el de ayer con Arsenal. Sería muy fácil analizar resultados únicamente. En ese caso, sería mejor lo de Arsenal porque San Lorenzo no perdió. Pero fue muy malo. Sorpresivamente, Caruso dijo que hizo “todo bien”, pero no. La verdad es que San Lorenzo hizo casi todo mal.

Lo primero que hizo (y habitualmente hace) mal es darle todo el tiempo la pelota a Buffarini. El volante derecho es un jugador con recorrido, velocidad, recuperación y mucha pero mucha voluntad. Pero no tiene pausa. San Lorenzo está tan desesperado que se la tira a su jugador más veloz, al que se supone que la va a poner más rápido en el sector en el que se definen las jugadas. Y, en realidad, tarda más. En fútbol, la velocidad física no siempre es directamente proporcional a la mental o está vinculada con la dinámica. Contra Arsenal, Caruso puso a Alan Ruiz –un chico discontinuo pero de buen manejo– para que hiciera la pausa y buscara a los dos de arriba, al rápido Jara y al grandote Stracqualursi. Pero la pelota la tenía Buffarini, allá lejos. El DT de Arsenal, Gustavo Alfaro, sabía esto. Por eso, el plan inicial del cuadro de Sarandí era obstruir con uno, dos o tres si fuera necesario al número 7 del Ciclón. A la idea de Caruso de que Buffarini trabajara mano a mano con Damián Pérez, Alfaro le opuso a Pérez, al retroceso de Aguirre y al corrimiento ocasional de Marcone. Entonces, todo era pérdida para San Lorenzo. La búsqueda frenética de Buffarini, la lucha del cordobés contra tres rivales y la chance –a veces muy remota– de que la pelota llegara al área de Campestrini.

La lucha de Julio Buffarini. En este caso, con Iván Marcone yendo a sus pies. El volante derecho de San Lorenzo es vital para el equipo, pero no debe conducir su juego. Cuando funciona como alternativa de ataque o vuelve para ayudar en la recuperación, es decisivo. En esta confusión de roles, salen perdiendo todos.

Otro de los problemas serios que tiene San Lorenzo es en ataque. Franco Jara debutó en la fecha inicial de este torneo y entusiasmó a todos. “El fútbol argentino recuperó a un delantero de nivel internacional”, dijeron todos. Pero no repitió y hoy, sobre todo en la cancha de San Lorenzo, juega contra el rival de turno y contra sus propios hinchas, que lo resisten en la misma proporción con la que mandaron mensajes esperanzadores después de aquel ya lejano partido contra San Martín de San Juan.

Y mientras Jara pelea contra propios y extraños, la posibilidad de convertir goles queda ceñida a lo que pueda hacer Denis Stracqualursi. Y ahí lo que pueda generar se transforma en un embudo de paso difícil. Con Jara enredado y Stracqualursi limitado, el cero es muy difícil de modificar. La única clara – clara de San Lorenzo para cambiar la historia, la única jugada limpia, fue un desprendimiento de Kalinski. El ex jugador de Quilmes llegó mano a mano con Campestrini, le dio cruzado, pero mordido y se fue apenas. Ese fue un camino alternativo y casi termina en gol. Pero fue la excepción. La regla fue insistir tozudamente con Buffarini por afuera, el azaroso centro a Stracqualursi y que el grandote se arreglara en las alturas con López y Braghieri.

Caruso no ayudó mucho con los cambios. Arsenal tenía cuatro volantes y a Lugüercio trabajando más cerca del medio que del arco rival. San Lorenzo tenía a su línea de 4 intacta. Cuando entró Mirabaje, todos pensamos en la salida de Kannemann. Error: sacó a Ruiz. El momento pedía tranquilidad y razonamiento desde afuera. Caruso no tuvo la capacidad de mover al equipo en otra dirección. Mirabaje muestra buenas condiciones, pero falló su temperamento en dos jugadas importantes a pocos metros del arco de Arsenal. La tuvo para definir y prefirió tirar dos centros. Eso se llama “me pesa la responsabilidad”. No entro en la discusión de “ofensivo” y “defensivo”. Pero Caruso sabía que, aún con un empate miserable, se sostenía en su cargo. Y que con la excusa del clamoroso penal de Braghieri a Stracqualursi que Lunati (de mal arbitraje) no dio más la no expulsión de Lisandro López por dos jugadas claras de amarilla, iba a tener la coartada perfecta para explicar lo que el equipo no explica en 90 minutos.

Clarísimo foul de Braghieri a Stracqualursi que debió ser sancionado como penal. Sorprendió el error de Lunati. Estaba bien ubicado. Iban 21 minutos del primer tiempo y todo estaba por suceder.

Hubo un momento en el partido en el que la gente cantó contra Caruso y la foto en la cancha era la de seis futbolistas del Ciclón parados en su propio campo, con el partido 0-0 y faltando diez minutos. Caruso no les dijo a sus jugadores que hicieran eso, pero los cambios sin matices pusieron al conjunto en esa situación.

Mientras la confusión siga, mientras San Lorenzo se apure y choque, mientras el DT piense en salvar su pellejo más que en el equipo y mientras la única opción para convertir un gol sea un centro y acierto en la cabeza de Stracqualursi, todo seguirá así, en cero.

Mariano Pavone recostado a la izquierda y enfrentando a Iván Pillud como si fuera un viejo wing. Lanús le ganó a Racing con una claridad mayor a la que indica el 3-1 final.

Mariano Pavone recostado a la izquierda y enfrentando a Iván Pillud como si fuera un viejo wing. Lanús le ganó a Racing con una claridad mayor a la que indica el 3-1 final.

Lo primero que uno ve en Racing es una gran confusión ideológica.  Justo en el día en el que Pep Guardiola anunció que se iba del Barcelona y los directivos catalanes designaron a su ayudante Tito Vilanoba como su sucesor, en una muestra de coherencia brutal, Racing aún no sabe cuál es el camino a seguir.

Basta con repasar los últimos entrenadores que tuvo el cuadro de Avellaneda. Miguel Angel Russo encabezó la nómina de DTs racinguistas que se pusieron a trabajar con “uno de los planteles más ricos del fútbol argentino”. El encomillado no hace cargo a nadie más que a mí. Me tocó comentar un partido de Racing y San Lorenzo el 26 de febrero de 2011. El DT era Russo. Esa tarde, en el Nuevo Gasómetro, Racing se presentó con una formación rara, pero bien pensada. Marcos Cáceres fue lateral derecho y Pillud volante de ese lado. Russo liberó de compromisos defensivos a Pillud para que jugara a espaldas de Palomino, zaguero central puesto de lateral por Ramón Díaz, entonces entrenador del Ciclón. La jugada salió perfecta. Racing ganó 2-1 con dos goles de Teo Gutiérrez y con Claudio Yacob como figura excluyente. Gío Moreno no estaba, se había roto los ligamentos en la fecha inicial frente a All Boys. Fue tal el grado de entusiasmo que todos creyeron ver en Pillud al sucesor de Pupi Zanetti en la Selección Nacional. Y más: Racing ganó sus dos compromisos posteriores (Olimpo 4-3 y Colón 4-0 en Santa fe) y generó una locura entre sus hinchas. Pero tras la enorme victoria sobre Colón, llegaron tres derrotas sucesivas y todo acabó. En ese Clausura 2011, Racing perdió 10 partidos de 19 y la Comisión Directiva no renovó el contrato de Russo.

Luis Zubeldía tiene mucho trabajo por hacer en Racing. Sus planes van a naufragar si no logra levantar el nivel individual de la mayoría de los jugadores.

Luis Zubeldía tiene mucho trabajo por hacer en Racing. Sus planes van a naufragar si no logra levantar el nivel individual de la mayoría de los jugadores.

Diego Simeone llegó envuelto en una gran expectativa. Ya había estado tras el final de su carrera como jugador y el recuerdo era bueno. Este regreso a Racing lo encontraba con un recorrido interesante: campeón con Estudiantes y River y salvador del Catania en Italia. También tenía un último puesto con River y un paso frustrante por San Lorenzo, pero todo le pasó en muy poco tiempo.

Simeone es de Racing y el hecho de terminar su impresionante carrera de jugador en la Academia es una marca en el orillo que nadie jamás le sacará. Está insospechado de demagogia. Nunca negó su amor por los colores. Los dirigentes, con el entonces presidente Rodolfo Molina a la cabeza, apostaron por este perfil. Todo cerraba: técnico muy capaz con futuro posible de Selección, joven, estudioso, metódico, con una envidiable formación europea, con vasta experiencia en el fútbol internacional. Y de Racing, además.

En el Apertura 2011, Racing terminó segundo, a doce puntos del Boca Campeón de Falcioni. Ganó 7 partidos. Empató mucho (10) y perdió muy poco (2). Simeone fue perseguido por la prensa –la misma prensa que, a esta altura, todavía llama “antifútbol” a un dispositivo estratégico de un equipo contra otro superior– de una manera pocas veces vista. Esa prensa instaló que Racing jugaba “muy mal” y nunca nadie pudo sacar a la gente de ahí. Este asunto, que parece menor, no lo es. Las críticas intencionadas funcionan como la gota china que horada la piedra. Finalmente, hasta los más firmes terminan dudando. A tal punto, que el presidente Molina cometió un error capital. Cuando Teo Gutiérrez se hizo echar en la cancha de Boca y regresó tarde de la convocatoria a la Selección Colombia, el máximo dirigente académico respondió con un absurdo “Teo Gutiérrez es el mejor centrodelantero de la historia de Racing” (?). Simeone empezó a ver que aquella crítica feroz empezaba a mellar el ideario y los planes del presidente. En medio de este tembladeral ideológico, apareció una oferta impresionante del Atlético de Madrid, uno de los lugares en los que el Cholo supo ser feliz como jugador.

El presidente Molina lo abandonó y se dedicó a cuidar a Teo y a su imagen. Eran tiempos de elecciones y su rival era nada menos que Pablo Podestá, el vicepresidente y hombre visto desde afuera como “vice con poder”. Gastón Cogorno –candidato de Molina– ganó el acto y, tras varias cavilaciones, decidió seguir con Simeone. Cuando quiso recular, ya era tarde. El Cholo agradeció y se fue al Atlético de Madrid. Racing perdió la chance de seguir con un plan coherente. Y saltó a Coco Basile. Sin discutir la capacidad de Coco, la realidad es que el criterio de elección para elegirlo fue el peor: “La gente de Racing ama a Basile y no va a joder”. No es el mejor elemento para elegir a un entrenador. Está comprobado casi a diario, pero el tándem Cogorno – Molina cometió un error grave y muy repetido entre la dirigencia de nuestro fútbol.

La soledad de Gio Moreno fue una constante en la noche de Lanús. Zubeldía coincide con la mayoría de la prensa en que el colombiano no es enlace, sino media punta o delantero. Como fuere, no rinde de acuerdo a lo que se espera de él. Ante Lanús, volvió a irse en amagos.

La soledad de Gio Moreno fue una constante en la noche de Lanús. Zubeldía coincide con la mayoría de la prensa en que el colombiano no es enlace, sino media punta o delantero. Como fuere, no rinde de acuerdo a lo que se espera de él. Ante Lanús, volvió a irse en amagos.

Se fue Coco (en medio de un escándalo y con el vestuario fuera de control) y llegó Luis Zubeldía. El ex entrenador de Lanús tiene un perfil “simeonesco”. Es joven, tiene capacidad probada y fuerte personalidad a pesar de su corta edad. En realidad, para ser más claros, es el tipo de entrenador del que gustan Cogorno y Molina.

El plantel que encontró Zubeldía venía de ser goleado por Independiente y de recibir dos bajas pesadas: Teo Gutiérrez se fue del club, tras ser golpeado por dos compañeros y acusado de exhibir un arma. Claudio Yacob fue separado del plantel por intercambiar un pantaloncito con Cristian Pellerano, ex Racing y actual jugador de Independiente. Esta es la razón que dan en el club, pero la verdad es que la suerte de Yacob en Racing está echada hace rato.

Zubeldía decidió armar un planteo extraño para enfrentar a Lanús: puso cinco defensores nominales (Pillud, Aveldaño, Cáceres, Cahais, Licht), un volante central de contención (Pelletieri), un cinco de manejo (Toranzo) y tres hombres de ataque (Gío, Santander, Hauche). La idea inicial era que los laterales (Pillud derecha, Licht izquierda) fueran volantes cuando Racing tuviera la pelota y defensores cuando la tuviera Lanús. Pero todo salió mal. Porque Pillud y Licht estuvieron fácilmente retenidos junto a sus tres zagueros por la gente que Lanús designó para ir a los costados (Romero – Araujo derecha, Balbi – Ledesma y hasta Pavone izquierda). Entonces, el cuadro de Zubeldía fue encerrado contra los palos de Saja. Pelletieri quedó solo para la pelea del medio y perdió ante la imponencia y la superioridad numérica de la dupla Fritzler – Pizarro más el retroceso de alguno de los tres volantes cercanos a Pavone. Toranzo, pensado como salida limpia, jamás encontró a sus posibles receptores y debe haber batido un record de pases mal dados. Santander no estuvo y Hauche jugó lejos de todo: de sus volantes, del arco rival y de Gio, su potencial socio en el armado ofensivo del equip0. Gio Moreno tuvo una virtud: trató de cargarse el equipo al hombro. Y también tuvo un defecto: jamás lo logró.

Zubeldía leyó bien el juego, aunque ya con el resultado 0-2. Intentó paliar la soledad de Pelletieri poniendole a Bruno Zuculini como ladero y sacando a uno del fondo (Cahais). Liberó a Toranzo para que juegue más cerca de Gio y puso a Viola por Santander para que el pibe vaya por afuera y encare mano a mano a los defensores granates. Cuando Racing, con un enorme esfuerzo, estaba poniendo el juego cerca de Marchesín, Romero le copió el gol a Ramires –el primero del Chelsea al Barcelona– y se acabó todo.

Los hinchas insultaron a los jugadores y, ahora sí, la misma prensa que denostó a Simeone y se dio vuelta con Basile, puso la lupa en ellos. Este es el cuarto técnico que tiene este plantel y ya perdió feo de nuevo. Ese 1-3 que le metió Lanús pudo haber sido aún más catastrófico sólo con que Lanús acertara un par de ataques más.

Llegó la hora de mirar a los jugadores. Juegan mal, no responden a ningún entrenador, a ningún esquema táctico, a ninguna estrategia y, además, se pelean como chicos en la casa del rival acérrimo. Alguna vez hay que ver más allá de las narices y de los entrenadores. Alguna vez hay que posar la vista en los jugadores. Vamos a llevarnos varias sorpresas desagradables.

Es hora de terminar con internas y actuar como profesionales. Racing es demasiado grande como para seguir soportando cuestiones tan chiquitas.

David Trezeguet ya consumó su obra cumbre, el tercer gol de River. Los Funes Mori, Aguirre y Ponzio lo celebran. Llegó la hora de las definiciones. Almeyda deberá elegir entre Domínguez y Cavenaghi. Trezeguet se ganó un lugar y los tres juntos no suman.

David Trezeguet ya consumó su obra cumbre, el tercer gol de River. Los Funes Mori, Aguirre y Ponzio lo celebran. Llegó la hora de las definiciones. Almeyda deberá elegir entre Domínguez y Cavenaghi. Trezeguet se ganó un lugar y los tres juntos no suman.

 

Mientras River resolvía su partido con Ferro, pensaba en la historia de River y en decisiones drásticas de otros entrenadores. Labruna, por ejemplo, tuvo a Ramón Díaz en el banco. Eligió a Luque para ocupar lo que entonces era la plaza de “delantero central” o “centreforward”. Después, en los segundos tiempos, Angelito ponía al Pelado y ganaba el partido. Ramón tenía una velocidad y un poder de fuego impresionantes. Pero, al domingo siguiente, el titular volvía a ser Leopoldo Luque. También tuvo que elegir alguna vez entre el Beto Alonso y Juan Ramón Carrasco. Acá era más fácil. El Beto era intocable y estaba siempre primero, aún cuando Carrasco era un jugador fantástico.

Alfredo Di Stéfano, en 1981, tuvo que cortar grueso en este sentido. El presidente Aragón Cabrera propuso una total renovación del plantel, empezando por el DT (Labruna) y sus máximos referentes. Alfredo eligió a Bulleri por encima de Jota Jota López, a Gallego por Merlo, en determinado momento al Nene Commisso por el Beto Alonso y, ahora con carácter defnitivo, a Ramón Díaz por Luque.

El Bambino Veira también tuvo que tomar decisiones difíciles. Cuando se armó el gran equipo de 1985/86, se encontró con que River funcionaba muy bien con Amuchástegui, Francescoli, Morresi y Roque Alfaro. Afuera, quedaba nada menos que Alonso. Y Veira apostó por una formación que no incluía a Alonso. Ahora parece fácil, como todo resulta a resultado puesto y, sobre todo, con la perspectiva y la nostalgia que dan los años. Pero en aquel contexto, tener sentado en el banco a Alonso no debía ser lo más fácil. Al Bambino le salió bien, porque Morresi se cansó de hacer goles y Enzo sacó patente de ídolo para siempre.

Cuando River vendió a Francescoli al Matra Racing de París y a la Araña Amuchástegui a México, los reemplazó con Antonio Alzamendi y Juan Gilberto Funes. Y, de nuevo, el Bambino tuvo que optar. En el inicio, le respetó el puesto a Morresi, pero las características de Alzamendi y Funes no lo favorecían. Entonces, Veira tuvo que cambiar también el sistema. Le hizo un lugar a Alonso entre los once, relegó a Morresi al banco de suplentes y armó un cuadro más compacto, más contraatacante y menos lujoso. Fue una gran movida. Y otra vez volvemos al contexto aquel. Decirlo ahora, que sabemos que con ese sistema ganó las Copas Libertadores e Intercontinental, es sencillo. Pero en aquel tiempo, ofrecerle al hincha de River un equipo cuyo fuerte fuera su disciplina y fortaleza para recuperar la pelota y el contraataque veloz por la increíble precisión del Beto, la velocidad de Alzamendi, la inteligencia de Alfaro y la tremenda potencia de Funes, era un sacrilegio. Como el equipo ganaba, los hinchas miraban para otro lado. Pero lo que queda claro es que el Bambino tomó decisiones importantes, hizo los cambios que favorecieron a las características de jugadores clave y, sobre todo, al conjunto.

Matías Almeyda a pleno. Llegó el momento de decisiones difíciles, pero indispensables para el entrenador.

Matías Almeyda a pleno. Llegó el momento de decisiones difíciles, pero indispensables para el entrenador.

Ahora le toca a Matías Almeyda. La realidad superó a la fantasía. Con Domínguez, Cavenaghi y Trezeguet, River derrotó a Merlo 3-0 y empató con Gimnasia 0-0. También empataba con Ferro sin goles en 32 minutos del segundo tiempo. A los 28 de esa etapa, Almeyda había sacado al Chori y a Cave y los reemplazó con Aguirre y Rogelio Funes Mori. A los 32, Ramiro Funes Mori –con la colaboración del zaguero Schunke– puso el 1-0. Uno podrá decir que “el gol vino por un centro que no pudo rechazar Ferro” y tendrá razón. Pero hay que ir aún más atrás. El tiro libre vino por un foul que le cometieron a Ocampos, en el primer desborde serio que realizó y después de un segundo tiempo en el que River hartó a todos jugando siempre por el centro. El hecho de que Ocampos abandonara la idea de ir por el medio (seguramente desesperado porque la pelota no le llegaba) está directamente vinculado con que, a esa altura, Almeyda haya cambiado el sistema. La entrada de Aguirre sumó en la idea básica de encerrar a Ferro. El ingreso de Rogelio Funes Mori redundó en un gran desahogo para Trezeguet. El ex Mónaco jugó 73 minutos entre dos y tres rivales. En cuanto ingresó el mellizo delantero, Trezeguet empezó a tirarse a los costados, a salir un poco de ese encierro al que lo somete –y está dicho desde siempre– el sistema con tres delanteros. Acá había dos, más Keko Villalva bien abierto a la derecha, más Ocampos bien de volante/delantero izquierdo más Sánchez detrás de Keko o colaborando con Keko para hacer superioridad numérica sobre el lateral izquierdo de Ferro. Con los cambios, River pasó de ser un equipo estático, maniqueo a conformar un ataque dinámico, desconcertante para el rival. El 3-0 final no debe llamar a engaño: River jugó de mal a muy mal 73 de los 90 minutos. Pero el DT se animó a tocar a los intocables. Y eso dio como resultado –al margen de la victoria– un poco de oxígeno para todos los jugadores millonarios que atacaban desesperados por lograr una victoria indispensable.

El Chori Domínguez perseguido por Sebastián Navarro. El ex Rubin Kazan y Valencia hizo un aceptable primer tiempo, el mejor de los que jugó en esta posición. En el segundo intentó, pero nunca encontró socios y terminó centralizando el juego y fallando en pases sencillos.

El Chori Domínguez perseguido por Sebastián Navarro. El ex Rubin Kazan y Valencia hizo un aceptable primer tiempo, el mejor de los que jugó en esta posición. En el segundo intentó, pero nunca encontró socios y terminó centralizando el juego y fallando en pases sencillos.

Llegó el momento de optar entre Chori Domínguez y Cavenaghi, de acuerdo a lo visto y actuado en los tres partidos que lleva River con el nuevo sistema. Almeyda deberá pensarlo bien. Tiene opciones de cambio de jugadores y de sistema. Aguirre, por ejemplo, parece estar mejor que Cirigliano en este momento del torneo y a juzgar por las decisiones del técnico. Además, cuenta con el apoyo popular, algo que a estas alturas es muy importante. Si bien el Pelado y Amato creen íntimamente que Aguirre es más desordenado que Cirigliano y que a veces va al ataque con más voluntarismo que criterio, la verdad es que en el partido con Ferro fue aire fresco para todos. Sirvió de descarga y le dio paz a Ponzio, que jugó su partido más flojo desde el regreso. No es casual que los mejores partidos del ex Zaragoza hayan sido con otro cinco. Cuando Ponzio se siente seguro, con la espalda cubierta, rinde a pleno y toma las mejores decisiones. Y con este esquema no le sucedió. Todo lo contrario. Se convirtió en presa fácil de la presión rival y en ataque no aportó más que  remates lejanos que terminaron afuera.

La falta de otro cinco, además –y como quedó dicho acá la semana anterior– descoloca a Carlos Sánchez y a Lucas Ocampos. Los conmina a meterse hacia adentro, a tratar de remar junto a Ponzio contra nutridos mediocampos rivales. Y ambos –Sánchez y Ocampos– tienen serios compromisos con la ofensiva del equipo que no llegan a cumplir. Este sistema provocó que River pierda la pelota con llamativa facilidad y que deban retroceder más de lo que avanzan.

En los últimos 13 minutos del partido con Ferro, quedaron definidas muchas cosas. Primero, el resultado. River necesitaba ganar más que nada en el mundo. Segundo, el sistema más conveniente. Los rivales le llena el campo de volantes y River afronta los partido con un solo mediocampista de recuperación. Tercero, la realidad, que le dio un sonoro cachetazo a la teoría. Los tres juntos –Domínguez, Cavenaghi y Trezeguet– no sólo no sumaron, sino que le quitaron al equipo fluidez en el traslado de la pelota y seguridad en el medio de la cancha.

Cuarto, Almeyda tiene todo servido para una decisión fuerte. River la necesita ya.

 

 

 

 

El grito enloquecido de Pablo Ledesma, co-autor del primer gol de Boca en el 2-0 ante Arsenal. Desahogo total por abrir un partido complicado. Postal del compromiso de los jugadores de Boca con la idea y el objetivo. Por ahora, esto suple algunas fallas de funcionamiento.

Son días extraños para Boca. Por ejemplo, el primer tiempo de Juan Román Riquelme frente a Lanús fue de un nivel similar al de un Román de 2000/2001. Hacía rato que no veía en el fútbol doméstico semejante demostración individual y tal grado de influencia de un solo jugador en el desarrollo y el resultado de un partido. Si en algún momento Boca estuvo dos goles por encima de Lanús, fue por Riquelme. No hay otra explicación táctica ni estratégica. Riquelme y su lucidez metieron a Lanús contra Marchesín y si bien el primer gol de Boca fue obra de un mal centro de Mouche que inesperadamente se clavó en un ángulo, la realidad es que el corner previo, las situaciones de gol que Boca creó antes de eso y todo el estadio puesto de pie, lo provocó Román. Nada más que Román.

Pero empezamos el texto mencionando “días extraños” y eso tiene que ver con que, ante Lanús, Boca fue Riquelme y nada más. Detrás de Román, Boca no tuvo el funcionamiento que tantas veces le elogiamos, esa solidez que una y otra vez fue tapando críticas de falsos preciosistas y que terminó en una sideral distancia con el resto. Como era de suponer, Lanús se lo empató y hasta se lo pudo ganar, cuando Riquelme se paró.

La rareza es que, pese a todo, Boca sacó la cabeza y ganó en momentos complicados. Recordemos que cuando visitó a Arsenal por la Copa Libertadores el 14 de marzo, era todo o nada. Si llegaba a perder en Sarandí –y los primeros 30 minutos dieron una idea clara de derrota– el cuadro de Falcioni hubiese quedado con un pie afuera del torneo continental en primera fase. Detrás de la caída en la Copa, iban a venir limpiezas, contratos no renovados, libertades de acción y, fundamentalmente, la salida abrupta del técnico. Esto, sin contar el dinero que Boca hubiese dejado de ganar si ocurría lo peor.

Sin embargo, lo levantó emulando a equipos de Boca de otros tiempos, como el Boca de Lorenzo, el de Bianchi o cualquiera de esos equipos graníticos y de gran voluntad. El partido contra Arsenal en Sarandí fue una muestra de esto. Boca no hizo un buen partido siquiera. Pero consiguió la victoria indispensable para sacar la cabeza en un momento decisivo para todos.

Esta es la parte en la que Pablo Mouche arranca y parece inalcanzable. En la noche del jueves, tuvo problemas para definir, pero el aplauso final premió su enorme entrega para el equipo, después de la expulsión de Somoza.

Esta es la parte en la que Pablo Mouche arranca y parece inalcanzable. En la noche del jueves, tuvo problemas para definir, pero el aplauso final premió su enorme entrega para el equipo, después de la expulsión de Somoza.

Contra Lanús, Falcioni decidió poner a todos los posibles y fue mejor así. Esa noche –quedó dicho– Riquelme jugó su mejor partido de los últimos tres años, seguro. Las dificultades estuvieron –otra rareza– en el conjunto. Boca jugó muy mal colectivamente. El conjunto no le generó opciones válidas a Riquelme, lo dejó sin margen de error o ausencia. En valores individuales, Somoza salió a presionar solo y lejos, con el riesgo de descompensación que esto implica. Le pasó en una jugada previa al empate de Lanús. El ex Vélez apretó casi en tres cuartos, perdió en la disputa y Camoranesi, que aprovechó su espalda cuantas veces quiso, se fue solo con la pelota y treinta metros libres para recorrer. Schiavi – Insaurralde quedaron lejos, el equipo muy largo y Camoranesi metió una puñalada para Pavone. En el Boca Campeón del Apertura 2011, era una utopía ganarle la espalda a Somoza y llegarle a los centrales con pelota dominada. Cuando Román se cansó, esto quedó más claro y, si Boca no perdió, fue porque Camoranesi (enorme figura granate) salió lesionado. Con el ex Juventus en la cancha, Boca pudo haberla pasado aún peor.

La primera media hora del primer tiempo del partido copero frente a Arsenal en la Bombonera pareció ser una continuidad de aquel de Lanús, aunque con un agravante: Riquelme no fue el mismo. Arsenal lo tomó mejor que Lanús. Hizo un trabajo de orfebrería y de gran concentración para moverse con líneas apretadas y no le dejó al 10 ni el menor resquicio para que pudiera meter un pase lujoso o para que les hiciera algún daño con los infinitos recursos que Riquelme tiene para dañar al rival. Entonces, Boca debió apelar al trabajo colectivo. Y allí volvió a fallar. Erviti se encontró en inferioridad numérica contra Carbonero y Nervo, que fueron los dos jugadores que Arsenal mandó por la derecha. Después,  Clemente Rodríguez se los encontraba de frente y con la pelota dominada por los volantes visitantes. Como Camoranesi cuatro días antes, Leguizamón manejó la pelota a su antojo detrás de la línea de Somoza y obligó a Schiavi a salir muy lejos dos o tres veces.  Incluso, el Flaco lo volteó una vez con violencia, lejos y desde atrás en la mitad de la cancha y el árbitro no le sacó la amarilla que correspondía. La noche de Boca parecía destinada al sufrimiento…

Así marcó Arsenal a Riquelme. De un lado, Burdisso (3). Del otro, Espinoza (18). Atrás, Cuesta. En la primera media hora, Boca no le dio respuestas colectivas ni individuales a esto. Con la expulsión de Somoza y el compromiso de los jugadores, el cuadro xeneize sacó adelante una historia compleja.

Así marcó Arsenal a Riquelme. De un lado, Burdisso (3). Del otro, Espinoza (18). Atrás, Cuesta. En la primera media hora, Boca no le dio respuestas colectivas ni individuales a esto. Con la expulsión de Somoza y el compromiso de los jugadores, el cuadro xeneize sacó adelante una historia compleja.

Esta falla colectiva de Boca –provocada, en parte, por bajos rendimientos individuales– generó la expulsión de Leandro Somoza a los 37 minutos del primer tiempo. Ya había cometido una falta de amarilla por la soledad en la que se debatía contra los tres o cuatro volantes que siempre le presentaba Arsenal en sus alrededores. La segunda amonestación (que también fue correcta) fue por salir al trapo contra Carbonero, en el nacimiento de un ataque del cuadro celeste y rojo y con Boca absolutamente descompensado. Seguramente, Somoza confió en la impunidad que muchas veces tienen los volantes centrales de los cuadros grandes contra uno chico. No fue este el caso. Patricio Loustau –quien no pisaba la Bombonera desde su escandaloso arbitraje en el Superclásico del Clausura 2011– lo echó sin hesitar.

A Boca pareció taparlo la noche más oscura. Por el momento, zafaba de algún sobresalto mayor porque Arsenal es un equipo liviano a la hora de pisar el área rival. Tiene el centro como sistema y no como un recurso y la pelota parada como un credo para convertir un gol, apoyado en el muy buen juego aéreo que le dan Burdisso en la práctica y Córdoba en la teoría.

Pero ocurrió lo contrario. De golpe, todos decidieron enterrar definitivamente el lío de Barinas, las derrotas con Fluminense e Independiente y los enconos personales y defender el objetivo principal de Boca en este semestre, la Copa Libertadores. Entre Ledesma y Erviti se las ingeniaron para cubrir el hueco provocado por la expulsión de Somoza, Mouche hizo la doble función de trabajar como volante izquierdo, con las obligaciones defensivas que esto conlleva y delantero por afuera, Riquelme, se adelantó unos metros para que Silva no quedara tan aislado y, sobre todo, la línea de volantes achicó espacios con la de atrás.

Santiago Silva responde a la ovación que le tributó todo el estadio. Fue muy merecida. La falta de "su" gol no tapó el excelente partido que jugó.

Santiago Silva responde a la ovación que le tributó todo el estadio. Fue muy merecida. La falta de "su" gol no tapó el excelente partido que jugó.

Los goles le trajeron aún más tranquilidad a Boca y, prácticamente, el pase a la siguiente ronda. A esta altura –salvo algún imponderable– Boca debería vencer hasta con holgura al Zamora en la Bombonera. Pero no hay que perder de vista algunas cuestiones de funcionamiento.

– Boca sacó adelante el partido con Arsenal porque sus jugadores mostraron un altísimo grado de compromiso con la causa xeneize de llegar a la final de la Copa. Hubo puntos de rendimiento excelentes, como Schiavi, Ledesma y Silva. Hubo una reacción colectiva importante después de la expulsión de Somoza.

– Silva es un delantero de elite. Al juego de Boca, todavía le falta unir el esquema con Silva. En el GPS de la búsqueda del gol, a Boca aún no le aparece el Tanque. Por ahora, la mayoría de las llegadas son por Mouche. Cuando Silva participa (y participa bastante), lo hace porque él mismo se genera el espacio o se presenta como opción de pase, aún lejos del arco rival. De esta manera, metió el taco para Román y el pase – gol a Sánchez Miño. Pero para ser el goleador tremendo que fue en Banfield y Vélez, falta que el equipo le genere juego.

– Hubo una gran recuperación de Schiavi, en relación a los partidos con Independiente, la ida con Arsenal y Lanús. Arsenal es un equipo con un juego aéreo importante. El Flaco no perdió ninguna. En lo colectivo, la dupla Schiavi – Insaurralde se mantuvo siempre cerca de Ledesma – Erviti, después de que fuera expulsado Somoza. La situación límite los puso atentos. Esto debe ocurrir siempre. Si no, Boca dejará de ser el equipo sólido que todos conocemos.

Boca en la Copa Libertadores es una historia aparte. Está casi en la próxima ronda. Y, como dijo Riquelme, ahí “empieza la verdadera Copa”. El equipo de Falcioni está afinando los instrumentos. La serenata que viene es larga y difícil. Hay intérpretes para hacer una melodía armónica y tiene al mejor solista.

El desafío es encontrar la partitura justa.

Fernando Cavenaghi y David Trezeguet. El problema es que la pelota les llega poco y mal. Falta alguien que organice el juego.

Angel Labruna lo decía siempre, en su particular lenguaje burrero: “Los pingos se ven allí, en el verde césped”. Lo de “verde césped” estaba vinculado –por si alguno no lo sabe– a la pista de San Isidro, uno de los hipódromos preferidos de Angelito. Iba cuando podía y, si no, lo mandaba a Rodolfo Talamonti (su histórico ladero, que todavía anda por River) para que le jugara unos boletos.

Es muy cierto que “los pingos” se ven en la cancha. Mejor así. Sería muy fácil –y tremendamente aburrido– pensar que con la formación que uno lee en el diario todo está resuelto. Algunos siguen pensando que en fútbol 1 + 1 es 2 siempre. Algunos creen que si David Trezeguet, por ejemplo, anda muy bien y se lo sumamos a los 17 goles de Fernando Cavenaghi, River duplicará su capacidad goleadora. Y que si al Chori Domínguez lo tiramos atrás, “de 10”, como tiene buen manejo y “juega bárbaro”, tenemos todo resuelto. O sea, 1+1=2.  En la teoría es genial. Cierra siempre. Es más, el mismísimo Matías Almeyda, en sus cavilaciones con Gaby Amato y el resto de su equipo lo habrá pensado así. Europa entregó a un Leo Ponzio más completo, con capacidad de distribución de juego, entonces también les cerró acá: “Sin Cirigliano, alcanza con Ponzio. Recupera mil pelotas y se la da siempre a los compañeros. Acá tiene que juntarse con el Chori a tirar paredes y generar juego para David y Fernando”. Maravilloso. Gran idea.

Formación inicial de River, con el "tridente", antes del empate con Gimnasia 0-0. Arriba: Ponzio, Trezeguet, Maidana, Ramiro Funes Mori, Vega, Chori Domínguez. Abajo: Cavenaghi, Vella, Ocampos, Sánchez, Juan Manuel Díaz.

En la cancha eso no encuentra la debida correlación. Pasan otras cosas, no tan sencillas. En primer lugar, hay rivales que se mueven. Un legendario entrenador uruguayo de Nacional de Montevideo, Washington “Pulpa” Etchamendi, decía: “Nosotros organizamos todo. Ponemos los muñequitos acá, acá y acá. Les decimos a los futbolista hagan esto y aquello. Pero llega el domingo y los que están enfrente se mueven. Ahí se arma un quilombo bárbaro. Los jugadores me miran y yo quiero hacer un pozo y enterrarme”.

A Almeyda, salvando las distancia, debe haberle pasado algo parecido. El decisivo ingreso de Trezeguet contra Defensa y Justicia le cambió los planes. Se sintió obligado a darle un lugar entre los once al ex Juventus. Lo ayudó el flojo nivel de Cirigliano en ese partido y que es un pibe todavía. Porque, si repasamos la historia de River en la B Nacional, nos encontraremos que los mejores momentos millonarios fueron con dos cincos respaldando a los volantes de los costados y a los dos de arriba. La falta de un volante central descompaginó al equipo y la presencia de un hombre más de ataque no le dio la contundencia que necesitaba. Uno podrá decir que “a Deportivo Merlo le ganó 3-0”. La respuesta es sencilla: el primer gol de River llegó cuando se terminaba el primer tiempo –en el que River había jugado realmente mal– gracias a la pericia de Trezeguet para ganarle el salto a un defensor y buscar el rebote. Y los dos restantes, en el último tramo de partido, después de que el DT rival le errara con un cambio y se distrajera un defensor. El tercer gol llegó por una presión del tándem  Cirigliano – Ponzio que recuperó la pelota en campo rival y con Deportivo Merlo saliendo.

En el primer tiempo con Gimnasia, River tuvo una sola situación de gol, que, esta vez, Trezeguet desperdició. Es muy poco. Si uno suma a Chori más Cavenaghi más Trezeguet, lo hace pensando en un aluvión sobre el arco rival. Este supuesto aluvión no llegó con Merlo ni con Gimnasia. Es más, a River le costó mucho tener la pelota –insisto con lo fácil que Chori se entrega a la marca más cerca del medio que del arco contrario– y también le costó mucho recuperarla. El Lobo puso mucha gente en el medio y acá no hay mucho misterio. Si ellos tienen más gente, es probable que tengan más tiempo la pelota o que el equipo propio la pierda pronto. Por supuesto que también hay que jugarla con sentido y Gimnasia, en este aspecto, duró sólo los primeros veinte minutos. Pero le bastó con que el uruguayo Pouso estuviera disciplinado para que Chori no tocara la pelota o, como ocurrió en el segundo tiempo, terminara pidiéndola como doble cinco, a sesenta metros de Monetti. Allí, el Chori Domínguez es absolutamente inofensivo. Y River también, porque el equipo queda muy largo y es una utopía que la pelota les llegue bien a los de arriba. Salvo la situación de Aguirre –otra vez River genera lo mejor con dos volantes centrales en la cancha– que fue por un medido pase de Cavenaghi al punto penal, el resto fueron centros que Trezeguet cabeceó forzado o Cavenaghi no llegó.

El Chori Domínguez apretado por el uruguayo Omar Pouso. Esta presión se repitió constantemente y el delantero de River terminó casi de doble cinco. El Chori es el más perjudicado por el nuevo sistema.

Un equipo no es menos “ofensivo” ni más “defensivo” por utilizar dos cincos. El ideal de este sistema –que funciona en el fútbol de hoy, lleno de gente en la mitad de la cancha– es con un cinco de manejo y otro de recuperación. River los tiene y le sobra. Cirigliano y Ponzio poseen un alto grado de ubicuidad y capacidad de quite y, cuando la tienen, generalmente hacen lo que debe hacer un cinco de River: jugarla con criterio ofensivo. Menotti decía, hace muchos años, que “hay que saber salir para poder entrar”. De eso se trata. River podrá poner en el área tres, cuatro o cinco hombres “de ataque”, pero no significa que vaya a llegar más. De hecho, la situación más clara, se dio con el desprendimiento de un volante (Aguirre) para usufructuar el pase al claro de un punta (Cavenaghi). O sea, salió el “9” y se metió un “5”.

Contra Ferro, Almeyda repetirá la formación. Tal vez, el rival y el escenario sean más acordes con esta idea. Pero es una jugada arriesgada del DT. Tenía el equipo más o menos aceitado, con futbolistas seguros y en buen nivel y decidió patear el tablero, en nombre de una supuesta apuesta ofensiva que le quitó fluidez en el traslado de la pelota.

En fútbol, casi nunca 1+1 es 2. Por ahora, River viene acomodando los tantos.

El árbitro Diego Abal (centro) y sus jueces de línea, Yamil Bonfá y Julio Fernández. Este último, levantó correctamente su banderín para marcar el offside de Higuaín. Abal opinó lo contrario.

“El fútbol es el único juego en el que millones de personas lo miran en el mundo y no conocen sus reglas”

Dante Panzeri

Los futboleros traemos desde chicos varias “deformaciones reglamentarias”. Hay frases del potrero que no tienen su correlación con el verdadero reglamento del fútbol. Por ejemplo, más de uno de nosotros se encontró en discusiones de café con un tipo que hablaba de “mano pegada al cuerpo” y que por eso “no fue penal”. O, al revés, alguien que decía “interrumpió la trayectoria de la pelota, fue penal” o bien “iba al arco y le pegó en la mano”.

Otra deformación reglamentaria es “el rebote en el rival habilita”. Recuerdo como si fuera hoy grandes discusiones en la plaza de la esquina de mi casa de Don Bosco o en la cancha de los Bomberos, en Dock Sud: “si pega en el palo es offside, no vale; si le da al arquero sí”. Es más, el desconocimiento de las reglas no es sólo propiedad de los hinchas. Los futbolistas mismos no lo conocen. ¿Nunca vieron a un jugador dar un golpe desde atrás, por ejemplo y decirle al referí “¡es la primera!” cuando le muestran amarilla? ¿O pedir penales insólitos por manos que son claramente casuales?

Volviendo a los hinchas, ellos son interesados. Exhiben el reglamento sólo si los favorece, como en el caso del gol de Colón a San Lorenzo. El presidente Carlos Abdo habló del reglamento después de que el árbitro Diego Abal tuviera una interpretación equivocada de una jugada enmarcada en la Regla 11 y en su circular ampliatoria de 2009.  Pero nada dijo de las reglas cuando el árbitro Carlos Maglio no le mostró la segunda amarilla a Alvarado la semana anterior, en el partido que San Lorenzo le ganó 2-1 a Belgrano en Córdoba. Es cierto que los árbitros –como todos– pueden tener equivocaciones groseras (como la del gol de Colón) o no tanto (obviar una amarilla), pero es el mismo reglamento el que marca ambos errores.

La hoy célebre Regla 11 dice, en uno de sus ítems, algo que le da la razón a la bandera levantada de Julio Fernández y se la quita a la interpretación de Diego Abal:

“ganando ventaja de dicha posición” significa jugar un balón que rebota
en un poste o en el travesaño después de haber estado en una posición de
fuera de juego, o jugar un balón que rebota en un adversario después de
haber estado en una posición de fuera de juego.

Esto termina con las discusiones reglamentarias sobre la jugada y deja claro que quien cometió un error grave –fue determinante en la evolución del partido, influyó en el resultado final– fue Diego Abal. Seguramente, el árbitro será sancionado, como corresponde.

Hay otro tema reglamentario que a los hinchas –y muchos jugadores, ex jugadores, periodistas– les cuesta horrores entender: la apreciación. En algunas situaciones (la mano, algunas jugadas de offside como la de San Lorenzo -Colón) lo que se sanciona es “a criterio del árbitro” que es, ni más ni menos, que su opinión. Sólo eso. A veces coincidimos, a veces no, pero es difícil decir “se equivocó”. Hay un detalle en la jugada del gol de Colón que exculpa a Abal de cualquier idea de mala fe. Siempre estuvo seguro de que no había offside. Observen en la imagen que, en cuanto su asistente levantó la bandera, Abal le hizo una seña para que la baje. Esto ocurrió antes de que Higuaín tire el centro.

Insisto: Abal interpretó mal una regla, en este caso. Pero fue eso, una mala interpretación, una opinión. Se dio que la mayoría –no todos– estamos de acuerdo en que Federico Higuaín “ganó ventaja de su posición”, como dice uno de los ítems de la Regla 11. Pero Abal interpretó que Palomino no pifió, sino que hizo “un pase”. Lo extraño es pensar que un futbolista pueda tener intención de dar “un pase” a un rival. Pero esto es lo que entendió Abal. y lo entendió siempre, desde que Higuaín recibió la pelota. No es que después le hizo bajar la bandera al juez de línea para tapar un error. Siempre estuvo convencido.

Ariel Garcé festeja su gol, después de la jugada más discutida del torneo.

Hubo un error similar esta semana que se perdió en la enorme cantidad de partidos que hubo. El primer gol de Boca ante Arsenal por la Copa Libertadores se produjo tras una jugada reglamentariamente similar a esta –debió ser anulada– y nadie dijo una palabra. La diferencia en el gol xeneize es que el juez de línea (Gustavo Rossi) no levantó la bandera, acompañó al árbitro (Pablo Lunati) en su error. En el momento del primer toque profundo, Silva y Mouche estaban en offside. La posición de Mouche es pasiva, la de Silva no porque fue a buscar el pase. EL juez de línea ya cometió un error. Dejó que todo siguiera su curso. El rechazo fallido de Lisandro López le cayó a Mouche y allí debió pararse la jugada por offside. Cometió un segundo error. Volvió a no levantar la bandera, continuó el juego y Mouche hizo un gol que cambió la historia del partido. Hubo dos posiciones adelantadas en la misma acción y ni el línea ni mucho menos el árbitro se dieron por enterados.

Es un error más común de lo que parece. El partido de Copa entre Arsenal y Boca fue sólo cuatro días antes del de San Lorenzo. Pero nadie hizo pie en el error. Fue tan determinante como el de Abal, con el agravante de que dos jueces no lo advirtieron. En el momento del gol de Mouche, Arsenal jugaba mejor, ganaba 1-0 y estaba para convertir el segundo. El empate de Boca llegó en su primera llegada. O sea, la falla arbitral perjudicó claramente al cuadro de Sarandí, no sólo en el partido que estaba disputando, sino en su futuro en la Copa Libertadores. Obviamente, un error contra Arsenal no tiene la repercusión que tiene un error contra San Lorenzo. Pero fue similar o aún peor: en el gol de Colón, al menos, acertó el juez de línea. En el de Boca, nadie.

Marco esto, en primer lugar, para que entendamos que el árbitro –como todos en nuestros trabajos– convive con el error. Seguramente la AFA, por presión del presidente Abdo (que aún no esclareció el ataque de los barras de su club a Jonathan Bottinelli ni el destino de 33 millones de pesos), sancionará a Abal como lo hizo con Brazenas, el último caso de linchamiento público de un árbitro de fútbol. A Brazenas y a su familia los amenazaron de muerte, perdió su trabajo, fue escondido por la AFA detrás de una falsa “nota baja en el test físico”, Angel Cappa escribía todos los días en su blog “no se olviden de Brazenas” (bastardeo del slogan del crimen de Cabezas, ocultado por su periodistas amigos) y nunca más se le vio el pelo. Y todo por haberse equivocado en un partido de fútbol. Alguna vez tómense el trabajo de volver a ver aquel Vélez – Huracán de la última jornada del Clausura 2009. Fíjense quién mereció ganar, cómo jugó Huracán y, sobre todo, si los errores de Brazenas perjudicaron sólo al Globo.

Gabriel Brazenas perseguido por jugadores de Huracán, en el ya famoso partido que perdió con Vélez 0-1 y la chance de ser campeón. El linchamiento público del árbitro promovido por jugadores y el entrenador Angel Cappa con la complicidad de los medios amigos fue despreciable. Estamos ante una situación similar con Diego Abal. No hay que repetir conductas aberrantes.

Diego Abal recibió varios llamados amenazándolo de muerte, fue publicado su número de teléfono celular en un blog.

Como suele ocurrir, la AFA se tomará más días de lo aconsejable para decidir sanciones a Abal y a San Lorenzo. El Tribunal de Disciplina suele resolver con brutales sanciones rápidamente cuando se trata de clubes del ascenso, pero cuando hay un grande en el medio esquiva el bulto hasta que pase la presión mediática y el tema se diluya. San Lorenzo tiene una camiseta importante y esto pesará a la hora de que estos hombres resuelvan qué hacer con el escándalo posterior al partido con Colón.

Mientras tanto, hay un linchamiento público en ciernes. Es el deporte preferido de los hinchas, es el manjar predilecto de casi todos los medios, es el mensaje que los dirigentes de fútbol bajaron durante tantos y tantos años de impunidad, es el mensaje que siguen dando algunos dirigentes creyendo que ser presidente de un club es sólo ser un hincha con poder y no alguien responsable que toma decisiones en una sola dirección.

Es hora de cambiar. Estamos a tiempo.

DIego Abal, sus asistentes y la bochornosa salida del campo.

David Trezeguet festeja su decisivo gol ante Deportivo Merlo. Fue determinante en un momento difícil del equipo.

“River recuperó su formación histórica”, dijeron algunos leyendo en el diario que Matías Almeyda pondría juntos al Chori, Cavenaghi y Trezeguet. ¿Qué significa “formación histórica”? ¿Juntar gente que juega de delantero y tirarla a la cancha como con un salero? ¿Atacar todo el tiempo? ¿Obviar al rival? ¿volver a los años 40, con cinco hombres en ofensiva, que, en realidad eran tres? ¿O a los 60, con wing – centreforward – wing? ¿O como el Campeón del Mundo 86, que tenía cuatro volantes y Alzamendi y Funes para jugar de contraataque?

Encontré al Bambino Veira al día siguiente del 5-4 de Independiente a Boca, en el camarín de Fox Sports. Charlamos sobre el espectacular partido del día anterior. Nos detuvimos en el quinto gol de Independiente, el de Farías, picándola por encima de Orión. “Fue un gol de tu River, el del 86. Ese equipo tenía uno de los mejores contraataques que ví”, le dije y le recordé que él lo llamaba “contraataque ofensivo”. Veira respondió cómo sólo él lo hace: “En aquella época, inventé lo de ‘contraataque ofensivo’ porque si blanqueaba que esperábamos y contraatacábamos, nos mataban a todos”. Y siguió: “Cuando se fue Enzo y vino Funes, se me cayó Morresi y puse al Beto Alonso. Se fue la Araña (Amuchástegui) y vino Alzamendi. Era una papita para la contra. La pegada del Beto, la velocidad de Antonio, la potencia del Búfalo. La gente te encasilla en ‘defensivo’ u ‘ofensivo’ y de ahí no te saca. Jugamos partidos memorables con este esquema. Y ganamos todo. La gente, hoy, se acuerda de los logros y dice ‘qué equipazo’. Es cierto, era un equipazo, pero jugaba de contraataque porque las características de los jugadores eran ideales para eso. Pero andá a explicarlo… ”

Algo de eso pasa ahora. River había encontrado un equilibrio interesante en el 4-4-2, pero sin perder agresividad. Como ya hemos dicho acá, Ponzio fue el que balanceó el medio y protegió al resto. Trezeguet –también fue dicho acá hace tiempo– es un jugador de otra categoría y, si el físico le responde, será difícil sacarlo porque puede ser clave en lo que le queda a River de acá al final del torneo. Son los dos refuerzos que River trajo a comienzos de año, las dos apuestas de la sociedad Passarella – Almeyda que, hasta ahora, dieron resultado óptimo. Como River es un club contaminado políticamente y el hincha no es un ejemplo de paciencia y firmes convicciones, lo cuestionó todo. Pero Ponzio era titular en la Liga Española y Trezeguet podía haber seguido allá. Y los dos se vinieron. Llegaron en plenitud y le están dando a River el rédito que imaginó cuando los trajo.

Fernando Cavenaghi festeja como loco, tras asegurar el triunfo de River. Los goleadores aparecieron en los momentos clave.

Almeyda decidió probar con nuevo – viejo esquema. Ya había intentado un 4-3-1-2, con el Chori de enlace y la dupla atacante Cavenaghi – Funes Mori en algunos partidos. Pero siempre terminó en el 4-4-2 por el privilegio de tener muy buenos volantes centrales y, sobre todo, por las características de los volantes de los costados. Pero esta vez es diferente en algo: el nivel de Cirigliano bajó –contra Defensa y Justicia debe haber jugado su peor partido– y los goles de Trezeguet en ese mismo partido lo obligaron a darle titularidad. Esto, a su vez, generaba otro problema. Para poner a David y mantener el 4-4-2, había que sacar al Chori Domínguez o a Cavenaghi.  Y esos dos son intocables. Entonces, ten{ia que salir un volante y cambiar el esquema o jugar con tres atrás y que Sánchez y Ocampos aumentaran los metros a recorrer para suplir la falta de defensores por las bandas. En una defensa de tres, Juan Manuel Díaz no sería de lateral definido, sino que tendría que cerrarse y así el sector izquierdo de la defensa quedaría descubierto.

El DT se decidió por mantener a los 4 en el fondo –aún cuando una lesión dejó afuera a Abecasis y debió acudir a Vella– y sacar a Cirigliano. Era una de las posibilidades y en esto coincido con el entrenador: si un volante tenía que salir, era uno de los centrales. Hoy, Ponzio es irreemplazable. El indicado era Cirigliano. En este contexto, el más perjudicado es el Chori Domínguez. El 10 es el que, en realidad, le dejó su lugar a Trezeguet para ocupar una posición de “enganche”, que lo aleja del arco y lo entrega mansamente a marcas implacables. De todos modos, en largos lapsos del partido, el volante derecho de River fue el Tano Vella y Sánchez (de mejor primer tiempo que segundo) se cerró para ayudar a Ponzio en la recuperación y distribución.

Ya quedó dicho y ayer se reafirmó que el Chori es media punta o delantero, nunca organizador de juego. Ante Merlo, muchas veces fue Ponzio el que tomó la bandera de la organización. El técnico del cuadro del Parque San Martín reaccionó enseguida y destinó a Matías Díaz (ex River, el 10 de Merlo) a presionar a Ponzio cada vez que el ex Zaragoza intentaba salir jugando. Por eso, sobre todo en el primer tiempo, River pareció tropezar todo el tiempo, equivocó mucho el destino de los pases, se lo vio apurado e impreciso. Eso lo generó la presión del rival. El único de los de arriba que entendió cómo jugar fue Trezeguet. En lo poco que participó en el partido, jugó a un toque y se mostró como inmediata descarga. El Chori, en cambio, al encontrarse lejos del arco rival y rodeado, retuvo la pelota más de la cuenta, perdió más de lo que ganó y entró en roces innecesarios. Ponzio recuperó mil pelotas y trató de que el pase saliera a un compañero, aún en situaciones muy desfavorables. Lo logró casi siempre, pero las intenciones de River morían en tres cuartos. Allí, Merlo levantó una muralla (como hacen casi todos los rivales de River) y al equipo millonario le costó un tiempo y medio vulnerarla con juego asociado o con un pase profundo.

El Chori Domínguez fue el más perjudicado por el cambio de esquema. Queda lejos del arco rival y se convierte en presa fácil de la presión de los volantes del otro equipo. O, como acá, del Chanchi Estévez, que también bajó a colaborar con sus compañeros del medio.

La jerarquía individual de Trezeguet puso a River 1-0 sobre el final del primer tiempo, después de que cayeran dos centros en el área de Merlo y David se generara el lugar para cabecear. En el segundo tiempo, hubo un par de hechos que podrían explicar el resultado final. Néstor Ferraresi sacó al Chanchi Estévez, que se había perdido un gol imposible, pero era el único jugador de Merlo capaz de jugar la pelota a ras del suelo y complicar posicionalmente a los centrales de River. Entró Lázzaro y, entonces, a Merlo le quedaron arriba un delantero de potencia (Lázzaro) y otro de largas zancadas y cierta habilidad (Blanco). Ninguno que levantara la cabeza y le diera un destino seguro a la pelota. Esto lo había hecho Estévez y Ferraresi –seguramente decidió en caliente por el gol increíble que el Chanchi perdió un par de minutos antes– lo sacó. Estévez preguntó “por qué” y nosotros también.

Con esta variante, ya Merlo no tuvo chances de llegar hasta Vega y fue desgastándose en una lucha sin el arco rival en su GPS. En una salida del equipo de la banda azul, Vella cortó el avance, dio rápido a Trezeguet, de primera al Chori y el Chori, con todo Merlo yendo hacia adelante y, más que nada, con una enorme categoría, habilitó a Cavenaghi al lugar exacto en el momento preciso. El toque de Cave por encima de Capogrosso fue gol, 2-0 y a cobrar. Ya con Cirigliano en la cancha, funcionó en tándem con Ponzio (como hace veinte años Astrada y Zapata) para recuperar la pelota con asfixiante presión, Ponzio vio a Cavenaghi, se la dio justa y Fernando resolvió. Otras dos muestras de la impresionante jerarquía individual de River le dieron al resultado una amplitud que no tuvo en el juego.

Almeyda dice que va a seguir con este esquema y es entendible. Faltan trece fechas, River lleva ocho partidos sin perder, Trezeguet está en estado de gracia, Ponzio es un conductor excepcional, al Chori o a Cavenaghi no se los puede tocar y Cirigliano es un pibe que, encima, no está jugando como en la primera rueda. Pero cuidado que hay equipos mejores que Merlo y algunas seguridades que River tenía ya no son tales.

Aunque no lo crean y aunque “esto es River”, el fútbol sigue siendo un juego de dos arcos. Ayer, todo salió bien y hoy todos están felices.

Mañana será otro día.

Américo Gallego y Cristian Díaz. Independiente se hamacó entre dos generaciones de entrenadores. Con Cristian Díaz, tal vez empiece un tiempo de renovación de verdad en el club.

“Tengo que escuchar a la gente”, me dijo Javier Cantero, el presidente de Independiente, cuando le dije que no lo escuchaba convencido de darle a Américo Gallego la responsabilidad de enderezar el rumbo del equipo. “Escuchar a la gente” es un modo peligroso de manejar el fútbol profesional. No porque no haya que “escucharla”, sino porque no siempre “la gente” es la que sabe o la que tiene razón. En el fútbol, los recuerdos se instalan en lugares raros y los recuerdos que “la gente” de Independiente tiene del Tolo son no menos extraños. “Sumó 68 puntos que nos evitaron el descenso”, “le llega al plantel”, “le deben plata”, “fue el último campeón” son sólo algunas de las cosas que “la gente” que decidió escuchar Cantero expresó en todas sus formas posibles: en la cancha, en los foros, en la radio, en la tele.

Pero el dirigente está para conducir, no el hincha. Y es el dirigente el que debe trazar un plan, seguir una idea y elegir el DT en consecuencia. Es la fórmula que más resultados positivos dio. Dirán que Independiente tiene que engordar su promedio y es cierto. Pero traer a Gallego no lo garantiza (nada está garantizado en el fútbol) y, además, obligaría a Independiente a gastar un dinero que, si lo ahorra, tal vez zafe de algunos problemas futuros.

No se discuten acá (por lo menos para mí, no se discuten en ninguna parte) las condiciones de Gallego como entrenador. Son excelentes. Conozco al Tolo desde sus tiempos como ayudante de Passarella. Irresponsablemente, se dice que “Gallego era el que sabía de verdad”. Gallego sabía y sabe, pero el DT era claramente Passarella. Gallego era un asistente de lujo que dio un master cuando dirigió al único equipo de River que logró un título sin perder ningún partido en el Apertura 94.

Es cierto que Américo Gallego no llegó a Independiente por diferencias económicas. Pero lo que lo alejó definitivamente fue la resistencia de los principales referentes del plantel.

Este Gallego no es aquel, sin embargo. Aquel era un tipo divertido, seguro, con una dinámica de trabajo que daba gusto seguir en los entrenamientos. Este de ahora, en cambio, es un DT alejado de sus jugadores, que se relaciona con la prensa según su conveniencia, desconfiado, paranoico. Si bien Woody Allen dijo una vez que “el hecho de que no sea paranoico no quiere decir que no me persigan”, esta postura de creer que siempre hay jugadores dispuestos a complicarle la vida melló notablemente su relación con el plantel en su último paso por Independiente. Y aún hay futbolistas que estuvieron con Gallego en ese tiempo y no estaban contentos con un nuevo arribo del Tolo.

Algunos se lo dijeron a Cantero. “Javier… ¿por qué no guarda la plata para traer un par de refuerzos a mitad de año? Nosotros con Cristian estamos muy bien, el plantel lo banca”. A juzgar por la entrega en el histórico partido contra Boca, es cierto que “el plantel lo banca” a Cristian Díaz. Y si uno hace un cuadro comparativo entre la entrega, el orden y la concentración en la epopeya de la Bombonera y lo enfrenta a lo hecho por estos jugadores en la derrota 1-3 con Argentinos en Avellaneda ocho días antes, entonces reafirmará aún más ese concepto de “entrega”. La duda eterna será lo que habrá pensado Ramón Díaz viendo a Independiente ganarle a Boca 5-4 con semejante poder de reacción y con tres goles del Tecla Farías…

Volviendo al tema del pedido de los jugadores, el presidente fue totalmente honesto: “Es el técnico que quiere la gente y yo tengo que escucharla”. Pero, por dentro, Cantero prefería otro tipo de entrenador. En su campaña habló de José Pekerman como su ideal y me lo reafirmó en la misma charla que recordé en el comienzo, pero el ex entrenador juvenil está trabajando con la Selección Colombia. Ese es el DT que el presidente hubiese ido a buscar.

Al no tener a su preferido disponible (y con Fossati fuera de alcance), fue por Gallego, atendiendo más al clamor popular que a su interior. Insisto con esto para que quede claro: Cantero fue a buscar a Gallego no siendo Gallego a quien él hubiese ido a buscar en condiciones normales. El presidente y algunos miembros de la nueva CD, fueron a hacerle a Gallego una oferta que, teniendo en cuenta los números de Independiente, fue excelente. Es más, pese a que lo niegan, la oferta que le hicieron a Gallego superaba en un 20 por ciento –más o menos– a lo que ganaba Ramón Díaz. Además del nuevo contrato, a Gallego se le ofreció un plan de pagos para cancelar la deuda que el club tiene con él desde 2002, consistente en 24 cuotas iguales pagaderas a partir de junio. Esto fue lo que al Tolo le pareció inaceptable, pero estaba dispuesto a conversarlo. Quiere cobrar –con todo derecho– la deuda de manera inmediata. Independiente no tiene como pagarle la deuda al contado y ya. A Gallego ni siquiera lo convenció el hecho de que, en este nuevo tiempo del club, todos los empleados y los futbolistas tienen sus haberes al día y que, mal que mal, se están honrando los compromisos heredados.

Javier Cantero, presidente de Independiente. Decidió encarar una negociación con Gallego sin estar convencido. Respaldará a Cristian Díaz.

Por algún lado, Gallego se enteró de que los principales jugadores tuvieron esta charla con el presidente. Como buen taurino, el Tolo reaccionó a los gritos y decidió tirar todo al diablo. “La plata va y viene, pero lo de los jugadores no se puede remontar”, dijo. Y mandó a su representante a tantear a algunos periodistas amigos para saber quiénes eran los jugadores que estaban tratando de impedir su llegada a Independiente. De todos modos, era sólo una confirmación. Gallego sabía bien quiénes podían hacerle la contra en el equipo. “Fueron estos cuatro”, le dijo a su apoderado Claudio Curti. Y le escribió los apellidos en un papel. De los cuatro, tres son representados por Leo Rodríguez, a quien el Tolo “no iba a dejarle meter un jugador”, según me dijo alguien ayer.

Que Independiente tenga estas mezclas de intereses aún hoy, también es un resabio de la conducción anterior. En el gobierno de Comparada, estas movidas de representantes, DTs y futbolistas eran cuestiones de todos los días. Con Comparada, Gallego hubiese llegado a cualquier precio, el arreglo por la deuda hubiese sido el que Gallego quería y jamás le hubiesen pagado. Hay un dato que avala esta idea. Si bien la deuda de casi medio millón de dólares que Independiente tiene con Gallego es de 2002, cuando volvió al club hizo un arreglo con Comparada para poder cobrarla. El entonces presidente se la documentó y los cheques fueron rebotados. El Tolo no cobró un peso, pese a las promesas.

Cristian Díaz en acción. De él dependerá que Independiente ingrese o no en un nuevo tiempo, con una idea definida.

La falta de un convencimiento total por parte de Cantero y la resistencia de los principales referentes del equipo convierten a la negativa de Gallego en una buena noticia. Tal vez no lo sea para los hinchas que lo pidieron, pero la verdad es que los que iban a convivir con Gallego sin querer hacerlo eran los jugadores y el que iba a tener que pagarle un dinero importante sin saber cómo iba a resultar el trabajo, es el presidente.

Que sea Cristian Díaz el elegido para esta nueva etapa también debería ser una buena noticia. Hace tiempo que Independiente está atrapado en uno o dos apellidos y es un tiempo de cambios. El socio votó un cambio claro y contundente en las elecciones de diciembre y ahora, parece haber llegado el momento de que ese cambio se traslade a la cancha, con un entrenador que nació en el club, que se hizo bien de abajo y que llegó a todo lo que llegó porque es un gran tipo y con una capacidad que deberá pulir e incrementar en esta experiencia única.

 

 

 

El triste camino de Boca hacia el vestuario. El 5-4 histórico de Independiente es una realidad. Riquelme y Schiavi, líderes de un equipo que mostró fallas graves.

La solidez defensiva, el orden, el equilibrio y la contundencia no tienen buena prensa. Boca lo sabe muy bien. Debe ser el campeón invicto (12 puntos de ventaja sobre sus más cercanos perseguidores, segundo equipo más goleador, el menos vencido) con menos reconocimiento periodístico de los últimos veinte años, por lo menos. Seguramente –como ocurre con el Estudiantes de Zubeldía de los 60– será recordado con nostalgia dentro de treinta o cuarenta años, pero ahora no es su tiempo. Es difícil, además, el reconocimiento contemporáneo. Lo tiene el Barcelona, pero no la carrera de DT de Mourinho, por citar un ejemplo que escape de nuestro micromundo futbolero. Muchas veces se mezcla el análisis con el gusto personal y ese cóctel, en general, da turbio, nubla la visión. Es aceptable que el Boca de Falcioni no guste. Es increíble que no sea reconocido como un muy buen equipo.

Estos dos partidos que Boca perdió –el 1-2 con Fluminense, 4-5 con Independiente– lo dejan a merced de los “caza – Falcioni”. No hablemos de quienes tiene problemas personales con el entrenador. Hablemos de quienes –con todo derecho– no comulgan con los gustos del entrenador. Lo paradójico es que los mismos que no le ven en Boca más que “sólidez defensiva” y “contundencia”, ahora dicen que “los dos mejores partidos del ciclo Falcioni fueron los que perdió”. El que jugó bien –maravillosamente bien– en estos dos partidos fue Riquelme. Pero Boca no. A ningún equipo que juega “los mejores partidos del ciclo” se le duerme el volante izquierdo (Erviti) cuando el que está por ese lado es el famoso Deco, como ocurrió en segundo gol de Fluminense. Y a ningún equipo que juega “los mejores partidos del ciclo” le hacen cinco goles, como le hizo Independiente.

Los dos mejores: Román y el Tecla. Además de hacerle 3 goles a Boca, el delantero rojo colaboró en la recuperación.

Si bien es cierto que contra Fluminense el resultado debió ser más generoso con Boca,  el cuadro de Falcioni repitió errores que viene arrastrando desde comienzo de año y que estaban ocultos detrás de los triunfos. Pero los partidos de Fluminense e Independiente fueron diferentes. La primera distinción entre una y otra derrota es la formación del equipo. Es real que Boca tiene un funcionamiento aceitado, pero ese funcionamiento está estrechamente ligado a los apellidos que componen el equipo. Aunque en superficie no parezca, Caruzzo no es lo mismo que Insaurralde, Erbes no es lo mismo que Somoza, los chicos Sánchez Miño y Gaona Lugo no son Erviti ni Cvitanich o Mouche. Hilando más fino, pese a que Roncaglia es habitualmente integrante del equipo top xeneize (y que le metió dos goles a Independiente), no es lo mismo que Clemente Rodríguez. La única comparación que está empatada (tal vez en ventaja) en relación a las formaciones boquenses de sus dos últimas derrotas sea la de Pablo Ledesma con Diego Rivero.

Formación de Boca, la noche del 1-2 con Fluminense. Arriba: Insaurralde, Riquelme, Orión, Caruzzo, Somoza, Mouche. Abajo: Silva, Clemente Rodríguez, Rivero, Erviti, Roncaglia.

Formación de Boca en la tarde del 4-5 con Independiente. Arriba: Schiavi, Riquelme, Orión, Caruzzo, Roncaglia, Erbes. Abajo: Silva, Ledesma, Gaona Lugo, Sánchez Miño, Franco Sosa.

Formación de Boca en la tarde del 4-5 con Independiente. Arriba: Schiavi, Riquelme, Orión, Caruzzo, Roncaglia, Erbes. Abajo: Silva, Ledesma, Gaona Lugo, Sánchez Miño, Franco Sosa.

En el partido con Independiente, hubo una ausencia clave, la de Leandro Somoza. En una estructura rocosa como la de Boca, el volante central cumple una función vital. Somoza es quien sostiene el ataque de Boca por si se pierde la pelota en un intento ofensivo y, sobre todo, es quien toma posiciones cercanas a los centrales (“se mete adentro”, diría un entrenador) para cercar la zona central del ataque rival. Pichi Erbes es un jugador intersantísimo, pero Somoza es un nombre propio allí. Y, por ahora, es irreemplazable, si buscamos una eficacia similar en el sostenimiento de la presión y el auxilio para los hombres del fondo.

Contra Fluminense faltó Schiavi, otro de los generales del fondo. Hubo casi unanimidad en que la ausencia del Flaco expuso demasiado a Caruzzo y que le quitó seguridad a Orión. Si esto fuera así, ¿cómo se explican los cinco goles de Independiente con Schiavi en la cancha? Boca tiene dos fortalezas: el conjunto y Riquelme. De esas dos fortalezas, hubo una que falló como nunca, que fue el colectivo. Román hizo dos partidos estupendos. El segundo tiempo del capitán contra Independiente fue impresionante.

Pero está visto que sólo con Riquelme en un nivel superlativo no alcanza. Hace falta una estructura que lo contenga. Y esa estructura, hoy, está agrietada. Algo se rompió. Boca jugó muy mal los primeros partidos del torneo local (vs. Olimpo y Unión) y en su visita copera a Venezuela, en el empate 0-0 con el débil Zamora. Hubo un tenue atisbo de recuperación con Newell’s y mucha autoridad contra San Lorenzo, pero estas caídas con el Flu e Independiente lo devolvieron a aquellas dudas del comienzo. Dicen los psicólogos deportivos que, después de un gran logro, llega un tiempo en el que cuesta retomar el nivel. Esta podría ser una explicación, aunque es difícil pensar en relax con la brutale obligación que su gente le impone para que pelee y gane la Copa Libertadores.

La otra explicación es que el conflicto post-empate con Zamora quebró algo adentro y es irreparable. Esto parece ser, al menos por ahora, la razón que queda más a mano. Aunque desde afuera el hincha común no lo note, los problemas internos son capaces de derrumbar la torre más alta. El mismo Boca lo sufrió en tiempos de la disputa Palermo – Riquelme. No subió del décimo puesto durante todo el 2009 y 2010. No es casual ni obra del Espíritu Santo que, cuando se fue uno de los dos, Boca haya sido campeón. “A mí me importa que jueguen bien, no que sean amigos”, dicen algunos. Es un razonamiento lógico, pero sólo se da en la teoría. Es posible pero difícil que si las cosas no funcionan bien puertas adentro, a la hora de jugar todo salga como debe.

El beso de Román. El 10 está en gran nivel, pero la estructura colectiva de Boca parece haberse debilitado.

Boca necesita ya, urgente, una recomposición del tejido defensivo y, además, que Riquelme sienta que detrás de él las cosas son como solían ser. Es cierto que la derrota con Independiente 4-5 pudo ser 4-3 ó 5-3, pero no lo fue. Independiente se lo dio vuelta en cinco minutos. Un gol de pelota parada y otro con error del casi infalible Schiavi lo hundieron en una derrota que, seguramente, repercutió en el alma de los jugadores.

Pero hay algo más grave: el objetivo principal de este primer semestre de 2012 es la Copa Libertadores. Y Boca está con serios problemas. En términos numéricos, el empate con Zamora pasó a ser un pésimo resultado (por si no lo era ya) tras la derrota como local ante Fluminense. Arsenal en Sarandí es un equipo muy complicado y Boca viene de una derrota histórica, inolvidable no sólo para Independiente. Habrá que ver si Falcioni sigue llegándole a los futbolistas como en el Apertura 2011 o si los rencores personales le impiden el paso a los intereses colectivos.

Boca deberá luchar contra esto, de aquí en más. Una eliminación prematura en la Copa revoleará el proyecto por el aire, seguramente marcará el final del Falcioni. Sin la Copa, la situación del DT se hará insostenible y, de paso, el presidente Angelici podría liberarse del DT que heredó y que no hubiese elegido jamás. Esto, sin tomar en cuenta la cantidad de dinero que Boca dejaría de ganar si se va de la Copa en primera ronda. Si no le gana a Arsenal, la cosa estará complicada.

Hay que revisar la fórmula del éxito. Hay que pensar que Orión, Schiavi y los del medio no podrán fallar más como lo hicieron. Hay que entender que si Mouche siempre elige mal la forma de definir, a Boca le costará mucho convertir en goles las pocas situaciones que se presentará en la Copa. Habrá que ver si no es mejor que el volante derecho sea Ledesma y no Rivero. Habrá que pedirle a Somoza que redoble los esfuerzos, que sirva de apoyo para el genio de Román y para que Schiavi y Caruzzo no estén tan descubiertos como con Independiente.

Habrá que ver, en definitiva, si Falcioni y los jugadores que no se llaman Riquelme están a la altura de las circunstancias.

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