Lucas Ocampos, diamante millonario...

“¡Qué desastre Chacarita!”, me dijo un compañero cuando ya estábamos bien arriba del remise con aire acondicionado y yendo fluidamente por la calle 520 hacia la Autopista Buenos Aires – La Plata. River había ganado 2-0, con una dificultad mayor a la que indica ese resultado y a la comodidad con la que jugó el segundo tiempo.

Chacarita no fue un “desastre”. Fue un duro rival para River, sobre todo hasta el gol en contra. Lo presionó en la mitad, intentó agredirlo por el lateral que habitualmente defiende Juan Manuel Díaz, hizo un enorme trabajo de marca sobre Cirigliano –a quien el DT De la Riva consideraba el inicio del fútbol de River– y esto hizo que todo fuera difícil para el cuadro de Almeyda.

Hay una parte –una parte grande– en donde River es “artífice de su propio destino”. Esa parte tiene altos y bajos pronunciados. Y acá hay un punto de conflicto: River no es regular, no conoce el “6-7 puntos”. River es 10 ó 4. Es la bomba al ángulo de Ocampos o la aparición sin marcas de Pena y la salvada providencial de Vega con el partido 0-0. Es el pase claro, de cabeza levantada de Cirigliano o es la pifia de Maidana en una pelota fácil. A River le falta el famoso “piso de rendimiento”, esa media que puede bancar la mala tarde de un par de individualidades.

Por ejemplo, ayer Cavenaghi y Domínguez jugaron un mal partido, pese a que tuvieron algunas apariciones con riesgo para el arco de Tauber. Tanto el 9 como el 10 eligieron mal cada vez que tuvieron que hacerlo. O dieron el pase al lugar equivocado o resolvieron solos cuando se imponía la habilitación para un compañero mejor ubicado que, por lo general, era Ocampos. No hubo pases de Domínguez o Cavenaghi a Ocampos,  claramente el mejor de River. Pensar en una acción deliberada me parece mucho. Prefiero creer que ni Cavenaghi ni el Chori tienen la capacidad organizativa de juego que algunos creen que tienen. Son delanteros. De distintas características, pero delanteros. Y los delanteros buscan el área y el arco. Difícilmente abandonen esa idea para abrir el espectro y buscar al compañero mejor ubicado. Hay recuerdos de pases – gol de Chori a Cavenaghi en algunos partidos, pero son excepcionales. La regla no los trae a la memoria como algo habitual. Si ayer, en el segundo tiempo, en lugar de tratar de entrar por el medio o de jugar la pelota entre ellos dos como en el papi, Domínguez y Cavenaghi hubiesen explotado a Ocampos –favorecido por el nulo oficio de Pena como lateral y la falta de retroceso de Rossi por el carril derecho– River hubiese deleitado a la multitud que lo acompañó con un resultado de números extraordinarios.

Esto que fue evidente más la discusión/pelea de Cavenaghi y Domínguez debería llamar la atención de  Matías Almeyda y su cuerpo técnico. Es cierto que la pelea de Chori y Cave se dio en el contexto de un partido y que, tal vez, no pase de ahí, pero habla de un estado de nervios que, al menos en el partido contra Chacarita, no estaba justificado. Entonces, habría que pensar que dentro del plantel y entre dos tipos que son líderes, las cosas no están como debieran. Es una prueba de fuego para la capacidad de mando de Almeyda. Lo que pasó es grave. Quienes jugamos al fútbol sabemos que dentro de una cancha, aún jugando por nada, estas cosas suceden, uno se calienta y discute cualquier cosa con cualquiera.

Pero una cosa somos nosotros, en un picado, panzones y grandes y otra cosa es la Primera de River. Es otro precio. Nadie les pide que no se calienten. Pero esas cosas, en el fútbol profesional, tienen lecturas, orígenes, repercusiones y coletazos. Esta semana, intentarán bajarle el tono, dirán que ya está, que son cosas que quedan dentro de la cancha, que River está “por encima de los hombres y los nombres”… Pero es un llamado de atención fuerte y claro para Almeyda.

El Pelado debería prestar atención a esto y a Lucas Ocampos, un pibe que juega maravillosamente, que tiene gambeta, remate, determinación, llegada, fuerza y al que los líderes le pasan la pelota mucho menos de lo que River necesita…

 

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