Juan Antonio Pizzi tomó todos los caminos equivocados. Insistió con Buffarini de lateral, modificó todo el equipo cuando lo regresó a su posición de volante, puso a Piatti sin necesidad sabiendo que no estaba para jugar y su buen juego duró sólo diez minutos. Sus sólo dos partidos como técnico de San Lorenzo y su perfil bajísimo, por ahora, lo ponen a cubierto de una crítica feroz.

 

La gente de San Lorenzo reacciona de la peor manera: culpando al afuera. Los periodistas, los dirigentes visitantes, los árbitros… Todos son culpables, según ellos, de que San Lorenzo esté en zona de descenso. Así fue la vida de River en los últimos tramos del torneo que lo llevó a la Promoción/Descenso. Nunca jugaba mal, según la platea. Siempre los perjudicaban. Terminaban los partidos, River perdía o empataba pálidamente y las miradas iban hacia periodistas, árbitros, dirigentes rivales, supuestas conexiones entre los dirigentes del rival ocasional y la AFA. La ventaja que tiene San Lorenzo sobre aquellos días aciagos de River es que todavía falta mucho. A River estas cosas le pasaban en las últimas fechas.

Vamos a llegar al análisis del arbitraje, que fue lo único que observaron los hinchas de San Lorenzo, angustiados por el empate final de Quilmes. Empecemos por San Lorenzo. Juan Antonio Pizzi se equivocó en todo, planteo, formación y falta de resolución cuando Omar de Felippe hizo un cambio táctico que modificó el desarrollo del partido. Insistió con Julio Buffarini de lateral derecho. Cuando lo puso contra Godoy Cruz, pensamos en un recorrido amplio y no lo tuvo. Su límite fue la mitad de la cancha, con un extraño injerto de Jara como volante derecho. En Mendoza, sacó a Ruiz para poner a Masuero. Masuero fue de 4, Buffarini a la derecha y Jara libre, unos metros más cerca de Stracqualursi. A esto –Buffarini de “4”, Jara de “casi 8”– sumémosle que Prósperi está jugando como lateral izquierdo, posición en la que debe hacer jugado algún partido perdido en Argentinos Juniors. O sea, ya tenemos tres jugadores fuera de posición. Imagino que Pizzi piensa en Buffarini detrás de Jara porque el ex Arsenal y Benfica no regresa y ahí necesita recuperación. Buffa puede darle esa recuperación. El tema es que el ex Ferro queda retenido y San Lorenzo pierde una de las pocas armas ofensivas que tuvo en el ciclo de Caruso Lombardi. Jara “no está” y el resto no da la talla.

Pablo Migliore se queda con el débil remate de Martín Cauteruccio. El primer tiempo se terminaba, San Lorenzo ganaba 2-1 y había tenido un tramo de buen juego. A la vuelta del entretiempo, el mejor fue Quilmes. Y le embocó la última.

En el primer tiempo del partido con Quilmes, San Lorenzo tuvo dos pilares: Enzo Kalinski y Luis Aguiar. La única diferencia visible en el juego entre el San Lorenzo de Pizzi y el de Caruso es que, ahora, se respetan más las “estaciones del juego” (dixit Diego Latorre). ¿Qué significa esto? Que cada jugador de San Lorenzo –mientras puede, mientras no se lo come el apuro– intenta darle a la pelota un destino seguro, útil. Trata de tener la posesión de la pelota, buscar un camino hacia el arco rival. Si ese camino está bloqueado, entonces, a empezar de nuevo. Es una buena manera de combatir la desesperación y la ansiedad. Y quienes mejor entendieron esta idea fueron Kalinski y Aguiar. Uno, Kalinski, más cerca del fondo. El otro, Aguiar, asumiendo roles de armador. El primer tiempo del uruguayo fue de las mejores actuaciones individuales de San Lorenzo en el torneo. Esa tarea estupenda se tradujo en tres situaciones muy favorables: el primer gol de Ruiz –gran pase filtrado de Aguiar con taco y todo, con Quilmes amontonado en la puerta de su área– y el segundo del propio Aguiar, que hizo todo: arranque, pared con Ruiz, entrada y definición. Hizo otro gol, pero la jugada fue equivocadamente anulada por el juez de línea Andrés Barbieri. Lema salió tarde y el uruguayo estaba habilitado cuando definió ante Trípodi.

Leandro Díaz logra neutralizar a Alan Ruiz. De Felippe hizo un cambio decisivo para la historia del partido: sacó a Chirola Romero, reforzó la zona central con Díaz y puso a Mandarino por afuera. Con este movimiento, los problemas para Quilmes disminuyeron notablemente.

El primer gol de San Lorenzo fue a los 25. El segundo, a los 29, ambos en la etapa inicial. Antes de eso, Quilmes había llevado a cabo su plan de esperar y atacar a San Lorenzo a espaldas de los improvisados laterales defensivos. El gol de apertura de Cauteruccio fue una pintura de esa idea. Salió Quilmes del fondo con Chirola Romero hacia Mansilla. El volante izquierdo cruzó un pase largo hacia la otra banda, donde Prósperi no estaba y en la que Leandro Díaz tenía campo y pelota a favor. Díaz metió el centro al lugar libre detrás de Buffarini y donde los centrales no llegaban. Diz la metió al medio y definió Cauteruccio. El fútbol tiene lógica muchísimas veces. Esta fue una de esas veces. El gol del cuadro cervecero llegó por los lugares que De Felippe había imaginado.

Cuando San Lorenzo tuvo esos 8/10 minutos de un juego más o menos asociado y ganaba 2-1 con grandes chances de aumentar, el técnico de Quilmes hizo una modificación que cambió decisivamente el trámite. Corrigió su error de poner a Chirola Romero de doble 5 y mandó a la cancha a Germán Mandarino. San Lorenzo le dio vuelta el partido burlándose de la ortodoxia, que dice que “hay que atacar por las puntas”. El negocio de San Lorenzo estuvo por el medio porque Cobo estaba solo contra dos, tres y hasta cuatro volantes del Ciclón. Llegaron los goles del equipo de Pizzi, San Lorenzo se vino como una tromba para terminar el partido ahí mismo y el DT cervecero leyó perfectamente lo que estaba pasando. No esperó el entretiempo, no se ató a ridículos códigos. Sacó a Romero a los 37 del primer tiempo y puso a Mandarino. Mandarino fue de volante derecho y Leandro Díaz se paró al lado de Cobo, en una posición que le queda muy cómoda. A partir de esta modificación, Alan Ruiz no participó del juego, Aguiar quedó ceñido a una lucha más pareja y perdió más de lo que ganó, Kalinski ya no encontró receptores válidos para su prolijidad.

Jacobo Mansilla y su fiereza. Julio Buffarini y su entrega. Este fue uno de los duelos de la tarde, ganado mayoritariamente por el volante izquierdo de Quilmes. Pizzi deberá revisar la posición de Buffa. Lo aleja de su zona de influencia y lo somete a errores por falta de oficio de defensor, como el penal que le hizo al propio Mansilla.

También fue lógico que el empate de Quilmes llegara por arriba. Los defensores de San Lorenzo siempre perdieron en el juego áereo. Quilmes había tenido una clarísima por el pibe Elizari que dio en el travesaño (30 del ST) y Mandarino acertó la última pelota parada, sin marca. Más allá de alguna escapada de Jara o alguna llegada de Stracqualursi, Quilmes había hecho méritos para empatar. Las discusiones por la actuación de Patricio Loustau más la mala costumbre de tratar al rival del grande como a un convidado de piedra, hicieron perder de vista ciertos detalles tácticos y estratégicos del cervecero que derivaron en el empate final. Insisto: cuando De Felippe puso a Mandarino por la derecha, corrió a Leandro Díaz al medio y sacó a Chirola Romero, San Lorenzo no pudo hacer más lo bueno que hizo en el tramo que metió los dos goles.

El médico de San Lorenzo les dijo a los periodistas en la semana, off the record, que “Piatti no está para jugar, no me hago responsable”. Pizzi dijo otra cosa después del partido. Fue un grave error del entrenador ponerlo en esas condiciones, fue un grave error del médico no salir a despegarse públicamente del riesgo que implicaba que jugara.

No quiero extenderme mucho en la actuación del árbitro, porque las razones por las que San Lorenzo no ganó son varias y todas esas “varias” están antes que la actuación de Loustau.

Estuvo mal anulada la jugada que derivó en un gol de Aguiar. El volante de San Lorenzo estaba habilitado. Comparto el criterio del juez en considerar “sin intención” la mano de Lema. Es clarísima la intención del defensor de sacar el brazo. Nos han “maleducado” reglamentariamente. Nos metieron cosas como “mano pegada al cuerpo”, “interrumpe la trayectoria de la pelota”, “iba al arco”. Nada de eso es correcto. Lo único que vale es la opinión del juez. En este caso, se comparte. En otros no, pero siempre es subjetivo. Los hinchas de San Lorenzo buscan un reglamento donde diga que es penal. No hay, quédense tranquilos.

La jugada que derivó en el penal que, finalmente, le atajó Migliore a Cauteruccio, no admite discusión. En todo caso, agreguemos esto al error de poner a Buffarini de lateral. Su falta de oficio en el puesto hizo que fuera al piso en un lugar en donde no hay que ir al piso y sobre un adversario que se aleja de la chance de gol. Finalmente, la no expulsión de Buffarini por el golpe artero a Lema es una falta grave del árbitro y el línea Gustavo Civelli. Fue muy claro que Loustau iba a dejar pasar todo y no iba a echar al volante de San Lorenzo. La reacción de Lema lo expuso y fue roja para los dos. No fue justo. Debió echar sólo a Buffarini por el brutal golpe. Pero no cobró foul, dio lateral.

La apresurada e incomprensible inclusión de Piatti fue como para que el técnico reflexione toda la semana. El médico le dijo a los periodistas que “no está para jugar”. Pizzi lo puso en un partido que San Lorenzo ganaba, en lugar de acudir a Mercier para equilibrar el medio, zona en la que San Lorenzo no tuvo el control en todo el segundo tiempo y, de paso, darle a Piatti una semana más de recuperación. Desde el banco, Pizzi tampoco supo resolver el cerco que Quilmes le hizo al trío Kalinski – Aguiar – Ruiz con la entrada de Mandarino y el corrimiento de Díaz.

El empate sobre la hora duele más que cualquier cosa. Pero los responsables principales están adentro. Si San Lorenzo los busca afuera, si sus hinchas se deshacen en paranoias o en teorías conspirativas injustificadas en lugar de ver lo que pasa con el equipo, habrán puesto el foco en el lugar incorrecto.

Y esa ecuación siempre termina  mal.

 

Anuncios