Final del primer tiempo. River empataba con Defensa y Justicia 1-1. Las caras lo dicen todo: el equipo no arrancó nunca.

Hasta antes de jugar contra Defensa y Justicia –y aún después del empate 0-0 con Quilmes– todos coincidíamos en algo: Matías Almeyda había encontrado esquema, funcionamiento y equipo. El esquema era su preferido, el 4-4-2, dibujo en el que dos jugadores tan trascendentes como Carlos Sánchez y Lucas Ocampos se sienten más cómodos que con cualquier otro. Este 4-4-2, además, libera al Chori Domínguez de la función de enlace, tarea que muchos quieren endilgarle y que a él lo perjudica, porque lo aleja del arco rival .

El funcionamiento había mejorado. Leonardo Ponzio era clave en esto. Ya dijimos acá que cuando supimos que regresaría a River, nos preguntamos “¿por qué?”. Para el equipo, acaso fueran más necesarios un zaguero central de renombre que acompañara a Jonathan Maidana o un volante izquierdo zurdo que alternara con Ocampos o bien, que permitiera que el diestro Ocampos jugara sobre la derecha y ese zurdo ocupara la banda opuesta. Pero Almeyda aceptó el retorno de Ponzio y formó el “doble 5” con él y Cirigliano. Y ese “doble 5” se acomodó después del primer partido con Almirante Brown, en cuanto regresaron Abecasis y Sánchez y Almeyda pudo formar “su” equipo. Fue el equipo que –aún con 10– le ganó a Independiente Rivadavia y Sportivo Desamparados. Fue el equipo que batalló con Quilmes.  Nunca jugó maravillosamente. Muchas veces, su enorme jerarquía individual acudió en ayuda de los naufragios colectivos. Pero había encontrado cierto equilibrio. Volvió a perderlo y sólo esa riqueza individual (más el grave error de Defensa y Justicia de creer que este juego tiene un solo arco) lo puso a cubierto de una derrota que hubiese hecho aún más evidente su retroceso.

Piriz Alvez fue el primer defensor de su equipo. Una de las claves del partido fue esta presión sobre Ponzio o, llegado el caso, sobre Cirigliano. River se quedó sin variantes.

 

Almeyda deberá tomar nota rápidamente de que los rivales –Quilmes y Defensa lo hicieron, los demás lo harán– ya saben que el fútbol de River se origina en el criterio y el despliegue del tándem Ponzio – Cirigliano. Seguir sosteniendo que el “doble 5” es una fórmula “defensiva” es falso. Por citar dos casos, Michael Ballack en la Alemania del Mundial 2006 y Juan Sebastián Verón en Estudiantes 2006/2012 son “cincos” y no “diez”. Sin embargo, nadie podría señalarlos como jugadores “defensivos”. Ellos participaron de fórmulas con “doble 5”.

Cirigliano y Ponzio son futbolistas con capacidad de recuperación, pero ambos, además, son capaces de generar juego. Ponzio es quien más sale, el que tiene una mayor presencia en las cercanías de los atacantes. Defensa y Justicia lo impidió con el excelente trabajo de Luis Jerez Silva, con la colaboración alternativa de los volantes de los costados, Matías Díaz (izquierda) o Carlos Rearte (derecha). También trabajó en esto el mismísimo Víctor Piriz Alvez, como se ve en la última foto. Defensa impidió que River jugara en la mitad de la cancha y lo dejó partido en mil pedazos que jamás pudo recomponer. No es descabellado pensar que este descalabro del medio haya generado, como consecuencia directa, los graves errores defensivos que mostró River. Errores defensivos que, por supuesto, incluyeron al arquero Vega.

Almeyda lo intentó en el entretiempo, cuando pateó el tablero con el ingreso de un delantero (Trezeguet) por un lateral (Abecasis). Ahora, con el resultado puesto y enterados de que Trezeguet hizo dos goles, sería fácil hablar del “acierto del técnico”, pero la realidad es que la tendencia del juego no se modificó. Es más, cuando el ex Mónaco y Juventus clavó el cabezazo en el ángulo bajo de Perafán, Defensa y Justicia había encerrado a River, clausurándole todas las salidas, asfixiándolo con una prolija posesión de pelota y obligándolo a ceder córners y tiros libres cercanos al área de Vega.

David Trezeguet y su felicidad. Sus dos goles no disimularon los problemas de funcionamiento.

David Trezeguet y su felicidad. Sus dos goles no disimularon los problemas de funcionamiento.

No hay que desconocer que Trezeguet fue decisivo para el empate final. No sólo porque fue quien hizo los dos goles finales, sino porque los generó en situaciones adversas. Ya quedó claro el contexto hostil en el que River se puso 2-1, en una jugada en la que estaba un paso en offside, pero en la que también abrió el manual del delantero: salió hacia la pelota sabiendo todo el tiempo lo que iba a hacer . Ese movimiento de la cabeza ubicando la pelota, con el lateral derecho (Aguilar) cerrándolo e intentando “moverlo”, es para mostrarle a los pibes de inferiores que quieren jugar de “9”. En el otro, con un toque sutil hacia Cavenaghi, dejó a dos rivales (Aguilar y Ferrón) mirándose a la cara. Después de eso, no dio nada por sentado. Acompañó la jugada –siempre cuidando el detalle de mantenerse detrás de la línea imaginaria que marca la pelota– y empujó la pelota al gol tras la defectuosa definición de Cavenaghi y el rebote corto en el arquero Perafán.

Pero esto no alcanza para esconder los errores. River empató, también, porque en el 3-2 Defensa se aterró y se metió atrás. Y porque el cuadro de Varela defiende tan mal como River. A delanteros como Cavenaghi, Trezeguet o el Chori, a jugadores como los cuatro volantes que tiene River, no se le puede dar ninguna ventaja. En cuanto Defensa falló en una salida, gol de Ocampos. En cuanto cerró mal el “4” o el juez de línea durmió, gol de Trezeguet. En cuanto Defensa y Justicia cedió terreno y dio un par de pasos hacia Perafán, gol de Trezeguet. River no perdonó ninguna y, en cambio, Defensa y Justicia marró tres goles en cuatro corners consecutivos.

Matías Almeyda con gesto adusto. Debe encontrar variantes cuando los rivales tapan a Ponzio y Cirigliano.

Defensa y Justicia atacó mucho a River. Tal vez, como ninguno. Pero el cuadro del Negro Rodríguez es un canto al desequilibrio. Tiene 38 goles a favor y 36 en contra y 10 puntos menos que River. El fútbol es ataque y defensa y el equipo verde – amarillo sólo hizo bien una parte. Y sus números en el torneo dicen que suele hacer bien sólo la parte que hizo bien contra River. Por eso, no pudo ganar, cuando todo parecía estar de su lado para hacerlo. Se asustó en el 3-2, como se asustó en el 2-1 del partido de ida en la cancha de San Lorenzo.

River zafó de la derrota en la primera rueda con un hombrazo de Rogelio Funes Mori. Ahora, se salvó por la indiscutible jerarquía de Trezeguet y porque Defensa y Justicia no pudo sostener atrás lo que hizo adelante.

Pero River –que es quien nos ocupa principalmente acá– retrocedió en funcionamiento. Los dos últimos rivales supieron como controlarlo. Ahora, la tarea será difícil, pero hay que hacerla: hay que suplir las tareas organizativas de Ponzio y Cirigliano cuando el rival los presiona y no les permite pensar o les tapa a los potenciales receptores.

Hay una semana para hacerlo. Lo que viene será igual de complicado.

 

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Su furia contra los periodistas se interrumpe cuando lo contrata un medio por sumas millonarias.

Su furia contra los periodistas se interrumpe cuando lo contrata un medio por sumas millonarias.

La Sección Deportes de Clarín siempre fue reacia a reconocerle méritos a Carlos Bianchi. Vélez nunca jugaba “buen fútbol”, sino que ganaba todo –hasta la Copa Libertadores al San Pablo de Telé Santana y la Intercontinental al Milan de Capello– porque era “práctico”, “contundente”, “ordenado”, “utilitario”. Ese Vélez, el primero de la carrera como entrenador de Bianchi, jugó un partido descomunal contra el Junior de Barranquilla, le dio un formidable baile al San Pablo en Liniers en el partido de ida final y, sin embargo, “en el diario no hablaban de ti”, diría la canción. Se hacía base en que en el Morumbí Bianchi había puesto 5 defensores. Nunca en los méritos. Ni siquiera fue tapa de revista cuando derrotó al Milan en Tokio. Menotti en Independiente o Passarella en River y la Selección o Maradona en Boca eran prioridad. Ellos ocupaban las páginas principales de la sección Deportes del Gran Diario Argentino. Vélez ganaba, mientras tanto.

Vélez Campeón Intercontinental 1994. Arr: Trotta, Gómez, Sotomayor, Almandoz, Chilavert, Basualdo. Abajo: Bassedas, Asad, Flores, Pompei y Cardozo.

Este era el contexto cuando nació el Gran DT, el famoso jueguito que Clarín creó en 1995 . Como todo futbolero, hice un equipo para participar. Lo puse al Pepe Basualdo, volante de Vélez que la rompía todos los domingos. Pepe era el eje de un equipo excelente, un cuadro de esos que tiene virtudes el hincha rival no ve porque desde los medios no se las muestran. Casi como le pasa a Boca hoy. El fútbol también tiene rivalidades ideológicas. En algunos casos son divertidas. En otros, le costó el puesto a muchos periodistas que mostraron discrepancia con los jefes. Ahí ya no es tan divertido.

Resulta que cuando iba a contar los puntos del jueguito, noté que a Basualdo siempre le ponían “5” o, con toda la furia, “6”. Y que a jugadores como Gallardo o Matute Morales, por citar sólo dos casos, tenían un piso de “7” hicieran lo que hicieran. Ahí fue cuando decidí no jugar más al Gran DT y, por sobre todas las cosas, entendí a quiénes y a qué tendría que enfrentarse Bianchi.

Eran varios temas juntos. Los que estamos en este medio sabemos que una tapa de Vélez no es igual que una tapa de Boca o River. Ni siquiera es comparable a una que puedan ocupar Independiente, Racing o San Lorenzo, aunque en estos tres últimos casos la brecha se acortó. Pero también sabemos que cuando la gloria deportiva es el principal tema, no importa la camiseta. La gloria deportiva debe tener el reflejo necesario en el medio.

Esto se notaba brutalmente en ese tiempo. Ahora también sucede, aunque en menor medida. Esa pereza intelectual no sólo la sufrió Bianchi: Bielsa era acusado de defensivo (increíble) y de que sus equipos “jugaban rápido” (?). En fin…

Carlos Bianchi, cuando aún hablaba de fútbol como cualquier DT del mundo.

Carlos Bianchi, cuando aún hablaba de fútbol como cualquier DT del mundo.

Desde el equipo que lideraba Víctor Hugo, seguimos a Vélez por todas partes y digo con orgullo que valoramos como pocos la calidad futbolística de ese ciclo. Me tocó cubrirlo en todo Sudamérica, en aquella epopeya del 94.  Atesoro las charlas con Bianchi como recuerdos imborrables de las tantas cosas valiosas que me dejó esta profesión. Carlos es un tipo lúcido, con una vida increíble como futbolista y como entrenador. Su palabra podría servir para enseñar y explicarles cuestiones de este juego que –aún hoy– a veces no entienden ni quienes dicen admirarlo.

Y así como recordé aquello del Gran DT y la pereza para ver a Vélez sin prejuicios del sector más poderoso de la prensa escrita, no puedo saber en qué momento Bianchi empezó a sentirse cómodo hablando de fútbol sólo por un montón de plata, en televisión o en una página de internet y dejar de hacerlo con quienes sólo somos periodistas de raza y profesión y contratados o empleados. Hay algo peor: aquel Bianchi que yo conocí, al que definimos en una producción como “una mezcla de barrio y mundo”, jamas hubiese hecho lo que hizo ayer, cuando aceptó una entrevista con 90 Minutos de Fútbol, el programa del que soy orgulloso columnista: hablar de otro canal cuando estás en uno que compite. Son códigos. Jamás imaginé que Bianchi –el que le dio un sopapo a los poderosos, el que se levantó y dejó plantado al mismísimo Macri, el que estuvo del lado de sus jugadores en un grave conflicto económico con Boca– iba a ningunear a un grupo de periodistas en un reportaje que fue serio y respetuoso y en el que se le permitió chivear hasta el hartazgo un producto que, la verdad, era de un nulo interés para la gente que estaba viendo el programa.

La prensa deportiva fue muy injusta con Bianchi muchas veces. Más en Vélez que en Boca porque a Boca no se le animan todos. Con Boca es mejor no criticar, piensan algunos. A Bianchi se lo acusó de todo. Desde soberbio hasta maleducado, pasando por deleznable operaciones para que nunca fuera el DT de la Selección Argentina.

Siempre me pareció un tipo fantástico. Y conociendo a su esposa e hijos, más todavía. Pero este de ahora, este mercader sin códigos, este grosero sin necesidad, este señor perseguido por nadie, este ex técnico con ganas de hacer plata como único fin, este monosilábico y odioso señor sólo interesado en chivear su poco interesante producto, es desconocido para mí. No es el que en la cocina de Giulia (el restaurante que alguna vez tuvo su hija Brenda) me dijo, con una ternura que sólo podemos tener los padres cuando hablamos de los hijos: “Me encanta que Brenda esté en esto. La voy a ayudar todo lo que pueda. Y Maurito también está estudiando y trabajando. Ahora les toca a ellos”. No esquivaba respuestas, era un tipo transparente y claro.

Lo que Carlos Bianchi hizo ayer en el móvil que le dio a 90 Minutos de Fútbol fue una enorme decepción.

Acaso la decepción sea el peor de los sentimientos. Los periodistas, por suerte, tenemos la posibilidad de descargarlo en un papel.

Esto es, nada más.

 

Réquiem para un fracaso. Ramón Díaz dirige a Independiente por última vez.

Es difícil precisar cuándo comenzó a derrumbarse Independiente, aquel gigante de las siete Libertadores, las dos Intercontinentales, las Interamericanas, el de las giras por el mundo… Algunos sitúan el principio del fin el 5 de mayo de 1991, cuando Bochini jugó por última vez. En cuanto escribo esto, se me viene una imagen. Estábamos haciendo Competencia, en el viejo estudio de Radio Continental. Había elecciones en Independiente. Era 1992, creo. Estaba invitado Héctor Sande (hijo del mítico Herminio), el candidato de Lista Roja. Entró abriendo violentamente la puerta y se le cayó el portafolio. Mis ojos sacaron la foto. Desaliñado, torpe, de discurso endeble… “¿Este va a ser el sucesor de Iso y Bottaro?”. Lo fue. Sande ganó las elecciones. Nito Veiga era el DT. Una tarde, apareció por la sede Settimio Aloisio, un representante de moda de entonces. Independiente compró a Cagna y Perico Pérez, que le interesaban a Nito y que eran representados por Aloisio. Con Cagna y Perico, llegaron Mohamed y Amato –descartados por Boca– y Adrián Mahía, un delantero retacón que había metido algunos goles en Belgrano de Córdoba y cuyo piné aún no le daba para jugar en el Independiente que todos conocíamos. Fue la primera señal de que se venía un tiempo peligroso: el tiempo en el que los empresarios comenzaban a formar equipos. Aloisio sacó chapa hablando cocoliche y representando a Batistuta. Sólo con eso, se fagocitó a los flamantes dirigentes de Independiente metiendo tres futbolistas que al DT no le interesaban (Mohamed, Amato y Mahía) a cambio de dos que sí (Cagna y Perico Pérez). Yo ubicaría el principio de la debacle acá, pese a algunos éxitos posteriores.

Parece mentira que Julio Comparada –protagonista fundamental de la más tremenda debacle del club desde su fundación– haya hecho lo mismo. Para renovar el préstamo de Facundo Parra, Leo Rodríguez (amigo de Comparada, representante de muchos futbolistas de Independiente) puso como condición que Independiente contratara a Gino Clara. Comparada aceptó. Y Gino Clara, sin condiciones siquiera para estar en la Reserva de Independiente, hasta llegó a jugar un partido con Boca.

Sexta Copa, la de 1975. Desde la izquierda, Bertoni, Galván, José Pérez, Percy Rojas, Pavoni, el Zurdo López. Entre Pavoni y López, se ve la cara del presidente, José Epelboim.

De todos modos, no hay que cometer el error de culpar a Gino Clara de todo. Gino Clara, como Marco Pérez o Iván Vélez son sólo botones de muestra de lo que es Independiente hoy. Jugadores sin historia y sin jerarquía que llegan al club sólo por tener representantes hábiles. Matías Defederico –después discutámoslo como futbolista, no ahora– llegó a Independiente y el acuerdo fue que le mantuvieran el salario que tenía en Corinthians. Un dirigente criterioso, sin necesidad desesperante de estar ganando votos a cada paso, hubiese rechazado de plano algo así. Sin embargo, Comparada no responde a esa descripción y lo trajo igual. Aunque Defederico jugara como Messi, Independiente no puede pagarle lo mismo que Corinthians. Después sí, hay una parte deportiva. Defederico venía de jugar 10 partidos en dos años. Se lo trajo en 2011 porque tenían el recuerdo de diez o doce buenas actuaciones en el segundo semestre de 2009. En Independiente, jugó mal y se desgarró tres veces en seis meses por la mezcla de larga inactividad, mala preparación física y falta de cuidado personal. A este jugador, en estas condiciones futbolísticas y económicas, Ramón Díaz recomendó renovarle el préstamo a fines de 2011. Hay errores compartidos entre el DT y la flamante dirigencia en este tema. El presidente Javier Cantero decidió acceder al pedido del técnico. Podría haberse negado. Independiente no puede pagarle a Defederico lo mismo que Corinthians. Sólo por esto. En el resto, doy el beneficio de la subjetividad.

Matías Defederico

Defederico no es el único que percibe un salario que el club no está en condiciones de pagar. En la misma situación están Núñez, Matheu y estaba Nico Cabrera, por ejemplo. Matheu no quiso irse a San Lorenzo, Banfield o Colón porque, supuestamente, debe recibir 2.000.000 de dólares en junio. El representante de Matheu es, por supuesto, Leo Rodríguez. Y arregló esto con Comparada cuando Matheu regresó de su frustrado paso por Europa. En su locura y su desesperación (el hincha no es inocente en esta historia), la gente lo pidió porque le hizo un gol a Arsenal para empatar 1-1 y llevarlo a la Sudamericana. El resultado fue nefasto: Matheu regresó, su nivel no fue nunca el que todos suponían, repartió de manera desigual el premio por la Sudamericana, se ganó el rencor de los futbolistas más jóvenes del plantel, se rompió la rodilla, jugó poco y cuando quisieron venderlo, él decidió quedarse.

La columna sería interminable. Anoche, al llegar a la cancha para comentar el partido contra Argentinos Juniors por Radio del Plata, pregunté si había Wi Fi. “No. La cortaron por falta de pago”. La mitad del estadio (la que está en obra permanente) quedó a oscuras porque se quemó un transformador. “Los fierros se rompen”, decía mi abuela. Pero que se queme un transformador un día de partido, con el mismo consumo de todos los partidos nocturnos, huele más a falta de mantenimiento que a “desgracia”.

Battión, Milito, Patricio Vidal. El 1-3 con Argentinos está consumado.

 

Ramón Díaz fue el décimooctavo entrenador elegido por la gestión Comparada. Tiene suerte el Pelado. La prensa le festeja los chistes y en ese festejo, siempre le recuerdan los títulos con River (el último ya tiene diez años) y lo que hizo en San Lorenzo en 2007 (ya pasaron cinco). Comparada, una vez más, contrató a un entrenador fuera de tiempo. Supuso dos cosas: que Ramón tendría espaldas y carácter para enderezar a un plantel que se devora técnicos como pirañas a la carne y que él ganaría las elecciones. Le falló el cálculo en todo.

No sólo a Comparada le falló el cálculo. Ramón Díaz hizo todo mal. Eligió mal al arquero, por ejemplo. Assmann terminó en buen nivel y lo sacó. Puso a Hilario Navarro, que es claramente el peor de los tres en cuestión y al que Comparada trajo sólo para “robarle” un jugador a Racing y ganarse la gracia del hincha. Si algo no falta en Independiente –gracias al silencioso trabajo del gran Santoro– son arqueros. Comparada trajo a un arquero. Y Ramón Díaz eligió a ese arquero, perjudicando a dos del club –Gabbarini y Assmann– que son superiores. Hilario tuvo su primavera en la Sudamericana 2010, aún con sus enormes defectos técnicos. El partido de anoche lo expuso de manera brutal.

Hilario Navarro y su angustia.

Ramón también eligió mal el sistema. Defederico y Patricio Rodríguez no pueden “hacer” la banda. No tienen recorrido ni recuperación. Puso a Godoy y relegó a Pellerano, que había sido uno de los más regulares en el torneo anterior. Apoyó toda la estructura en Milito y Gaby, dicho esto con todo respeto, hoy no está para jugar. Dejó fuera del banco de manera inexplicable a Patricio Rodríguez e incluyó (de manera aún más inexplicable) a Matheu, Defederico y Osmar Ferreyra. Hilando  más fino, el único refuerzo fue Farías, representado por el mismo agente que representa a Ramón Díaz. Es desprolijo, cuanto menos. Cantero sabía esto, me lo confesó en una charla telefónica que tuvimos en enero. Pero como la economía de Independiente está en un estado calamitoso, tuvo que tragar saliva y negociar, aún con la sospecha de que el tema no es todo lo transparente que debiera.

 

Javier Cantero, presidente de Independiente. Tiene la difícil misión de rescatar al club del pozo más profundo.

A diferencia del hincha, que se da cuenta que el club está mal sólo cuando el equipo pierde, el dirigente debe dar respuestas a todo. Independiente está en una situación terminal, con serio riesgo de perder la categoría en la próxima temporada si no se modifica rápidamente la situación. Y con serio riesgo, también, de perder el patrimonio que poseé por ser el gigante que levantaron aquellos gallegos con economía de almacenero. Cantero, por ahora, tiene tiempo y crédito político para modificar las cosas. La tarea no será fácil. Independiente no sólo lucha en la cancha contra sus propios fantasmas.

Afuera, las cosas tienden a empeorar si no llega ya un golpe de timón. Ahí es más grave la cuestión. Siempre es más grave el riesgo institucional que el deportivo. Es lo que el hincha no ve y no sabe, pero es lo que sostiene a cualquier club de la magnitud de Independiente.

 

Una postal: rígida presión de Sebastián Martínez sobre el Chori Domínguez

Alejandro Damián Domínguez nació en Lanús en 1981, pero es de San Francisco Solano, algo así como el “Lejano oeste Quilmeño”.Jugó en las inferiores de Lanús, lo dejaron libre con edad de Séptima y alguien lo llevó a Quilmes. Lo metieron en un partido. “Este chorizo nos viene a afanar el lugar”, dijo uno cuando vio que nadie se la podía sacar. Y como tantos apodos en el fútbol, “Chori” le quedó para siempre porque quienes jugaban en esa práctica, no sabían su nombre. Se habían reído con lo de “chorizo” y de ahí, le quedó Chori para siempre. Para Quilmes, River, Rusia, España y River, Alejandro Damián Domínguez es y será “El Chori”.

El Chori era un pibe de pelo corto, mirada asustadiza y flaquito, al que la ropa de entrenamiento le quedaba holgada. De a poco, y gracias a que jugaba estupendamente, el Chori empezó a hacerse un lugar. Y con el lugar, llegaron los amigos. Sobre todo, llegaron dos grandes amigos: Adrián Giampietri (el Máquina) y Rodrigo Braña (el Chapu). Los tres –el Chori, el Chapu y el Máquina– fueron durante mucho tiempo la gran esperanza de los hinchas de Quilmes.

El Chori llegó a la Primera de Quilmes en 1998, justamente reemplazando al Máquina Giampietri en un partido contra Los Andes en Lomas. Fue protagonista esencial de fines de los 90 y principios de los 2000. Quilmes armó excelentes planteles –más que nada en 2001– y no pudo llegar al ascenso. Se quedó en la puerta en las recordadas seis finales perdidas. Chori era un pibe de grandes condiciones. Pero hay algunas cuestiones que la gente de Quilmes no le perdona y que hasta resumió en un video…

Eran tiempos difíciles para Quilmes. Se gastaba mucho, se habían entregado las inferiores al Exxel Group y, sin embargo, no se conseguía el ascenso. En este marco, al Chori se le ocurrió decir en Olé que prefería “ganar el Mundial con el Sub 20 que ascender con Quilmes”. Ahí nació el odio que nunca terminó.

La nota de Olé que los de Quilmes no le perdonan al Chori.

Esa expulsión frente a Belgrano que se ve en el video, más la nota de Olé más el grito de gol enfurecido contra un Quilmes devastado por el árbitro Furchi en 2003 hicieron que el amor por el Chori se transformara en odio visceral.

Cada vez que River y Quilmes se encuentran, los hinchas cerveceros le tiran todo ese odio y el Chori juega un partido contra Quilmes y contra todos ellos. No existen antecedentes de un rencor así. Tiendo a pensar que está directamente vinculado a que hubo un gran amor de los hinchas hacia el Chori y, por supuesto, del Chori hacia Quilmes y que el odio es proporcional a lo que fue aquel vínculo. Cuando Chori quedó libre de Lanús le produjo un gran dolor. Era apenas un chico y, para un chico esas decepciones calan hondo. Si uno le dijera “quedate tranquilo que vas a jugar finales de Copa, que le vas a ganar al Barcelona en el Nou Camp, que vas a jugar en River y Valencia”, no te creerían. Esas decepciones, a esa edad, son tremendas.

Quilmes, en su momento, le devolvió la vida. El fútbol era –imagino que aún es– la vida para el Chori Domínguez. Lanús se la había quitado. Es lógico que el Chori quiera a Quilmes. El problema fue posterior.

Pelo corto y cara de pibe. El Chori con la camiseta de Quilmes.

Obviamente, un jugador con las enormes condiciones del Chori hizo carrera en River y esa carrera lo llevó a Rusia, cuando ese mercado se abrió para tantos y tantos futbolistas. Se lo llevó el Rubin Kazan y allí estuvo dos temporadas, de 2006 a 2008. El Rubin Kazan lo cedió al Zenit de San Petersburgo y allí, en una sola temporada, obtuvo sus mayores logros: ganó la Copa UEFA (ahora Europa League) y la Supercopa de Europa. Regresó al Rubin Kazan y, de ahí se fue al Valencia.

Y del Valencia, a River, en el peor momento de River, a un River al que muchos no quisieron venir.

Después de haber pasado por todo esa gloria y esa experiencia, el Chori retomó su batalla silenciosa contra Quilmes y sus hinchas. Nunca el Chori se dirigió públicamente en malos términos a la gente de Quilmes, pero se nota cuando juega. Puede jugar de maravillas, como en el segundo tiempo del partido de ida en el campo cervecero. Y también puede jugar de manera egoísta como ayer, cuando el remate al arco fue obsesión y terminó provocando el fastidio de algunos compañeros que le ofrecían mejores opciones. Encima, en su mejor jugada, le hicieron un foul que era penal y Lunati no se lo cobró. Demasiado.

La pelea con Caruso Lombardi, en este contexto, es más de lo mismo. El Chori le respondió a un tipo que no le habló. Explica el estado de nervios en el que Chori juega frente a Quilmes. Los insultos y el odio le llegan y es lógico. Quilmes fue su primer amor, fue el cuadro que lo puso en consideración, el que lo llevó a una Selección, fue el club que le dio una chance cuando era sólo un humilde pibe de Solano al que Lanús le había cortado los sueños.

Si sólo una de esos remates al arco se hubiese clavado en el ángulo, estaríamos hablando de otra cosa. Pero no entraron. Ya sabemos que lo que pudo haber pasado no existe.

Lo que pasó, en cambio, es que este capítulo de la eterna historia Chori – Quilmes dejó tema para todo. Como es una historia de la que se sabe poco, es mejor recorrerla. En ese recorrido, podemos encontrar muchas explicaciones para todo lo que pasó ayer.

Leonardo Ponzio, clave en este momento de River.

River está infectado de política. Aún lo está hoy, cuando el equipo está en la B Nacional. Uno puede ver cómo hay buitres en el estadio, en los partidos de visitante, en las redes sociales, intentando sacar ventajas hasta de lo mínimo. Cualquier cosa sirve. Desde un contrato que aún no se firmó hasta un partido que se empató. Lo que sea es bueno para llevar agua para el molino propio, aunque ese molino propio vaya contra los intereses generales del club.

Leonardo Daniel Ponzio fue víctima involuntaria de esto.  Algunos que suponen que saben de fútbol, subestimaron la capacidad de Ponzio y, sobre todo, cuestionaron la idoneidad de Almeyda para elegir un jugador. Todavía está en etapa de aprendizaje, pero quienes vemos a River todas las semanas, notamos una evolución en Matías Almeyda. Se equivoca mucho menos que antes. Toma mejores decisiones. Las ratas que andan por los pasillos de River seguramente harán una lectura política de este elogio al técnico. No saben qué apasionante es el fútbol, no saben lo que sus ambiciones injustificadas les hacen perder.

Ponzio llegó por primera vez a River en 2007, cuando Daniel Passarella era el técnico. El club hizo un esfuerzo importante para traerlo. Presentaba entonces una foja de 90 partidos jugados en Newell’s (1999 – 2003) y 114 en el Zaragoza (2003 – 2006). La política interna también allí le faltó el respeto. Pero la trayectoria de Ponzio perfectamente podía merecer  un paso por River. Leo estuvo en River hasta el fin del Apertura 2008. Ese año calendario –el 2008– fue el amanecer de la debacle millonaria que terminó con el descenso un tiempo después.  En 2008, Ponzio fue Campeón y último. En enero de 2009, Zaragoza estaba jugando en la Segunda División. Al igual que River ahora, Zaragoza lo necesitaba para regresar a la categoría superior. Allí, aman a Ponzio y Ponzio los ama a ellos.

Leo cumplió con creces en su regreso al equipo maño. Se afirmó como titular en ese final de temporada 2009 y hasta convirtió uno de los goles al Córdoba que le dieron el ascenso a Primera. Después de 96 partidos en el cuadro aragonés entre 2009 y 2012, Ponzio decidió volver a la Argentina. El móvil fue el mismo que con Zaragoza, aunque ahora, además de tranquilidad, resignó mucho dinero.

Aquí llega otro análisis. Almeyda encaró la primera mitad del torneo de la B  Nacional 2011/12 con el cupo de volantes centrales cubierto. Aguirre, Domingo, el Lobo Ledesma y Cirigliano integraban  esa nómina inicial. Los dos primeros fueron los elegidos para los primeros partidos. Después se afirmó Cirigliano, Aguirre empezó a alternar cuando Almeyda decidió hacer 4-3-1-2 (Sánchez – Cirigliano – Ocampos, Domínguez, Funes Mori – Cavenaghi), Ledesma jugó poco, nada y mal y Nico Domingo no sólo no pudo hacer buenos partidos, sino que la gente lo crucificó y no le perdonó una.

Con el ingreso de Cirigliano como titular, la camiseta “5” pareció encontrar el dueño. Tal vez se note poco porque River tuvo enormes jugadores a través de su historia, pero entre esos futbolistas memorables, posee una tradición de estupendos volantes centrales surgidos de sus inferiores. Cirigliano responde, por estilo y personalidad, a esa tradición.

Está claro que Almeyda prefiere el 4-4-2 y está bien que así sea. Es el esquema que mejores resultados le dio a River. En un momento, cuando se dio cuenta de que Chori Domínguez no es “enlace”, “armador”, “organizador” ni nada por el estilo, retomó ese esquema y Aguirre pasó a ser el socio de Cirigliano. Pero Aguirre se desordena, va para adelante aún cuando no debe y, según dicen desde las entrañas del cuerpo técnico, “da demasiados pases al rival”. Esta opinión sobre Aguirre, el desequilibrio que le provocaban esas excursiones del ex Godoy Cruz y la facilidad con la que le ganan las espaldas hizo que la respuesta fuera afirmativa cuando al DT se le dijo “Ponzio está dispuesto a venir. ¿Lo querés?”

Abecassis levanta a Ponzio, autor del primer gol de River.

Ponzio debutó contra Almirante Brown, bastante incómodo por la obligación de tirarse bien a la derecha por las ausencias de Carlos Sánchez y Abecasis (jugó Vella, más defensor, en vez de Abecasis, con tranco para hacer la banda). Así y todo, se las ingenió para cortar un ataque del cuadro de Giunta, jugar rápido para el Chori y de allí a Cavenaghi y el gol.

Contra Independiente Rivadavia y  Desamparados fue el mejor. En el partido con los mendocinos, condujo a River hacia una victoria contundente porque se hizo cargo emocional, táctica y estratégicamente del equipo cuando Sánchez se hizo echar a los 10 minutos. Y en San Juan, abrió el camino con un gol que tuvo mucha impericia en el arquero Giordano, pero que se produjo también porque Ponzio marcó el camino, empujó hacia el campó rival y, de algún modo, generó el error.

Hizo más que eso: le dio más seguridad a Cirigliano, tiene una lectura del juego le permite ocupar posiciones defensivas sin obstruir la labor de los zagueros, es apoyo del inevitable enganche hacia el medio del volante izquierdo diestro Ocampos, puede ser el destinatario del pivoteo de Cavenaghi,  el descanso para Sánchez o la pared para el Chori.

Lo bueno es que Ponzio llegó en plenitud, en competencia y tras 96 partidos jugados en Zaragoza entre 2009 y el final de 2011. Y mejor para River es que Almeyda vio claro lo que necesitaba, aún más claro que los periodistas que pensábamos que, quizá, le faltara un zaguero central o un volante zurdo más que un “cinco”.

Almeyda sabe mucho de “cincos”. Parece haber encontrado en Leonardo Ponzio a su mejor intérprete.

El gol le explota en la cara a David Trezeguet

Las biografías en internet dicen que Jorge Ernesto Trezeguet nació en 1951 y que “se inició en Chacarita en 1971”. Falta una parte, que es la que puede explicar esta felicidad de David Sergio Trezeguet después de hacerle un gol a un arquero improvisado de Independiente Rivadavia, en un partido ya definido.

La parte que falta en la biografía de papá Jorge es la que dice que hizo todas las inferiores en River. Mientras Jorge Trezeguet –marcador central recio, nada que ver con el pibe– hacía los escalones necesarios y soñaba con un Monumental lleno como el de ayer, River perdía títulos sobre el final, una y otra vez. Eran los nefastos dieciocho años (de 1957 a 1975) en los que el cuadro de la Banda Roja se caía al final o, directamente, ni salía en la foto de la pelea por la vuelta olímpica.

Esa malaria se llevó puestos a muchos pibes con condiciones estupendas. Decenas de chicos con capacidad para jugar en la Primera de River debieron hacer un imaginario equipaje, meter allí sus sueños e intentar edificarlos en otra parte. Jorge Trezeguet fue uno de ellos. Los demás clubes conocían a la perfección la excelente reputación de las inferiores de River, así que muchos clubes chicos de Primera y otros del ascenso fueron tras ellos. Jorge cayó en Chacarita e hizo una carrera diferente a la que tenía proyectada.

En los albores de los 70’s, Estudiantes de Buenos Aires fue un refugio de muchos chicos desechados por River. Va de memoria: un arquero de apellido Esperante, Roa (un volante que llegó a debutar en la Primera de River), un wing izquierdo llamado Anllo,  y Alberto Pafundi, otro volante central que años después fue juez de línea internacional y falleció muy joven. Además, en 1974, el arquero de Estudiantes de Caseros fue nada menos que Luis Landaburu, quien fuera el eterno suplente de Fillol al regreso de este préstamo. A esos pibes se les sumó Jorge Trezeguet en 1973. Eran buenos de verdad. De hecho, con ellos, Estudiantes llegó a la final por el ascenso en el 74 y la perdió por un gol ante el Unión de Santa Fe de Leopoldo Luque.

Trezeguet padre en Estudiantes. Es el segundo de arriba, de izq.a der.

En ese mismo año 74, Jorge Trezeguet estuvo involucrado en el primer caso de doping del fútbol de ascenso, junto con su compañero Vicente Cóppola y Roberto Escalada, de Almirante Brown. Fueron sancionados con un año de parate, pero por irregularidades en el procedimiento, los tres futbolistas fueron amnistiados y retomaron sus carreras inmediatamente.

Sin embargo, eran tiempos complejos. Jorge Trezeguet había quedado marcado y las cosas aquí se le pusieron cuesta arriba. Los futbolistas no tenían las protecciones legales de las que disfrutan hoy. Jorge la vio venir y tramitó rápidamente su doble nacionalidad. Su origen francés colaboró decisivamente en el destino suyo y de su descendencia.

Como se vinieron tiempos difíciles, Jorge Trezeguet se casó con Beatriz en 1975 y se fue a Rouen, bella capital de la Alta Normandía. Durante el 76, se pudo sostener con ahorros, esperando el fin del trámite de nacionalización y así poder jugar profesionalmete. Esto llegó sobre fines del 76. En la temporada  77/78, jugó en el Rouen. En octubre del 77, nació David.

Jorge pensó en criar al pequeño David en la Argentina y se volvió. Jugó en Chacarita otra vez, Almagro, Español, Italiano y terminó en El Porvenir, a mediados de los 80.  Si bien ya era preparador físico recibido y estaba en el cuerpo técnico del Gato Daniele, Jorge Trezeguet jamás abandonó la idea de volver a Francia.

Jorge Trezeguet en Rouen, 1978. Es el segundo de arriba, de der a izq

David ya estaba en las inferiores de Platense y en el club de Goyeneche llegó a la Primera en 1994, en un partido que, parece mentira, estuvo seriamente vinculado con el doping. El juez Marquevich ordenó un control sorpresivo a todos los jugadores de Platense y Gimnasia. Por suerte para David, el resultado fue diferente al de su padre.

El resto, se conoce casi de memoria. Jorge llevó a David al Mónaco en 1995, David formó una exitosísima dupla atacante con Thierry Henry  en el cuadro del Principado y eso lo llevó, primero a la Selección y después a la Juventus.

David Sergio Trezeguet lo tuvo todo. Fue Campeón y Subcampeón del Mundo, de la Eurocopa, batió el récord goleador de Sívori en la Juventus, jugó con Henry, Zidane, Del Piero, Ibrahimovic.

Pero siempre quiso jugar en River y nunca había podido. Quería seguir la huella de su padre y era un tema pendiente que, sobre todo en este último año y medio no tan bueno de su carrera, veía de difícil concreción.

Sin embargo, David Trezeguet tiene una estrella que lo acompaña. Llegó a River, debutó con un gol a Racing y ahora se presentó con su primer gol oficial, su primer gol con valor absoluto en el arduo trabajo que significa devolver a River a Primera. Sabe de qué se trata remar en un grande en una categoría inferior. David estuvo con Juventus en la Serie B en la temporada 2006/2007. Se quedó a pelearla, a pesar de que estaba en el cénit y le sobraban ofertas millonarias para jugar en donde quisiera.

Esta historia explica esa sonrisa increíble de ayer, después del tercer gol al improvisado arquero Independiente Rivadavia. El goleador está entrando en sintonía. Trezeguet es un jugador de una categoría enorme, que vino a darle el gusto a su corazón y a su papá.

Vino a seguir la huella del viejo. Vino en busca de la felicidad. Ayer la encontró.

Se le notó en la cara…

Insúa está a punto de convertir el primer gol de Vélez. Cómodo 4-0 a Banfield.

El 14 de noviembre de 2009, estaba en la misma cabina del estadio Florencio Sola. Para decirlo en criollo, en la cancha de Banfield, en Peña y Arenales. Estaba en la cabina de la platea nueva, esa que la dirigencia de Carlos Portell construyó sin ascensor para quienes van hasta lo más alto y, lo más grave, sin baños. Pero, a comparación de las cabinas de las torres que están detrás del arco que da a Peña, estas de hoy son fantásticas.

Decía que en el Apertura 2009 estaba en la misma cabina que anoche. Jugaban Banfield y Vélez, como ayer. El Taladro llenó la cancha. La cercanía del primer título profesional trajo a miles y miles de devotos de la camiseta verde y blanca a ver a un cuadro “Marca Falcioni”. Ordenado, prolijo, confiable y muchas veces con buen trato de pelota.

Acá tengo la formación de Banfield de esa noche… Lucchetti, Barraza, el Gallego Méndez, Víctor López, Bustamante, Quinteros, Bustos, Erviti, James Rodríguez, Cristian García, Silva.

A Vélez ya lo dirigía Gareca: Montoya, Gastón Díaz, Seba Domínguez, Otamendi, Papa, Cubero, Razzotti, Zapata, Moralez, Cristaldo y Caruso.

Hace dos años y monedas de este partido. García reemplazó a Papelito Fernández. Banfield estaba tan sólido, era tan “un Vélez en miniatura” que aplastó al cuadro de Liniers y le ganó 3-0, con dos goles de García y uno de James.

Era un gran paso hacia el primer título profesional de Banfield, aquel que no había podido conseguir en 1951 ni siquiera contando con la simpatía de la mismísima Eva Perón. Esta vez, la gloria estaba al alcance de la mano…

Anoche, me instalé en la misma cabina, después de subir los mismos escalones y de aguantarme las ganas de ir al baño hasta llegar a casa, bien pasadas las doce de la noche. Llegaba con todo el libreto estudiado, sabiendo lo que tiene que saber un periodista cuando va a una cancha a ver un partido. No podía dejar de pensar en aquel 3-0 de Banfield a Vélez en 2009 –sólo dos años y monedas hacia atrás– y en lo que Banfield se había convertido. En twitter, alguien comparó a Carlos Portell (presidente de Banfield desde 1998) con Eduardo López, ex presidente de facto de Newell’s. La verdad es que tienen conductas parecidas, pero con una diferencia sustancial “en favor” del titular de Banfield: ganó elecciones. La última, es cierto, de manera escandalosa y con una definición en la Justicia. Pero expuso su cargo a un acto eleccionario, cosa que López hizo después de mucho tiempo y casi a la fuerza.

Esto no limpia a Portell de nada. El hermano de Portell era el presidente de la firma Nanque, empresa quebrada que se instaló en el Uruguay y siguió trabajando como si nada. Esta empresa “familiar” vistió a Banfield durante muchos años. Además, las ventas de muchos jugadores –Bilos, Cervera, Barbosa, por citar sólo tres casos– fueron poco claras y los números hicieron malabares para acomodarse en los balances. Las odiosas idas de Erviti y, más recientemente, de Víctor López podrían completar el desolador panorama.

Banfield, anoche, frente a Vélez, formó con Lucchetti, Dos Santos, Alayes, Bustamante, Tagliafico, Jonathan Gómez, Brum, Julián Guillermo, Eluchans, Chávez y Ferreyra. Del partido del 2009, ayer jugaron Lucchetti y Bustamante (lateral puesto de central). Dos Santos (central puesto de lateral) estuvo en el banco. Quinteros, titular en 2009, fue suplente. El Gallego Méndez fue el DT de las primeras cuatro derrotas de este ciclo nefasto en la vida de Banfield.

La cuestión fue que ayer Banfield perdió 0-4 con Vélez. Perdió claramente, sin que el resultado exagerara en lo más mínimo lo que pasó en la cancha. banfield empezó entusiasmado, apretó a Vélez contra Barovero mientras Vélez se desperezaba y en cuanto el cuadro del Flaco Gareca se despabiló, lo aplastó.

El descenso por promedios no es mi sistema favorito, pero es el que hay y tiene un costado positivo: permite analizar trayectorias. Por ejemplo, Banfield tendrá serios problemas para mantener la categoría si no levanta y, así visto, no tiene material para levantar. Y Banfield está donde está porque está mal dirigido, está conducido desde la prepotencia, los contactos políticos y acomodos en la AFA y no desde la capacidad y el conocimiento.

Los socios no son ajenos a esto. Conozco socios de Banfield que votaron a Portell “porque tiene llegada al Cabezón (Duhalde)” o “porque es el tesorero de la AFA y nos va a sacar si tenemos problemas”. Nada de eso. Portell se convirtió en una máquina de recaudar y, si bien presenta las obras en el estadio, la realidad marca que hoy Banfield no tiene plata ni un equipo competitivo. Hago una lista: Barbosa, Bologna, Civelli, Paletta, Armenteros, Dátolo, Cvitanich, Bilos, Palacio, Barrales… Escribí los que me acuerdo. No quiero trampear a la memoria y “googlear” porque ya con esta nómina es suficiente.

La gente se hartó de todo. De las 16 derrotas en los últimos 21 partidos, de Lucchetti –que no fue el único responsable de la derrota ante Vélez–  de Portell, de la barra brava y, sobre todo, de la repugnante relación de Portell con la barra.

Repugnante relación que, digámoslo claramente, es la imagen más elocuente del dramático derrumbe de Banfield.

 

 


Lucas Ocampos, diamante millonario...

“¡Qué desastre Chacarita!”, me dijo un compañero cuando ya estábamos bien arriba del remise con aire acondicionado y yendo fluidamente por la calle 520 hacia la Autopista Buenos Aires – La Plata. River había ganado 2-0, con una dificultad mayor a la que indica ese resultado y a la comodidad con la que jugó el segundo tiempo.

Chacarita no fue un “desastre”. Fue un duro rival para River, sobre todo hasta el gol en contra. Lo presionó en la mitad, intentó agredirlo por el lateral que habitualmente defiende Juan Manuel Díaz, hizo un enorme trabajo de marca sobre Cirigliano –a quien el DT De la Riva consideraba el inicio del fútbol de River– y esto hizo que todo fuera difícil para el cuadro de Almeyda.

Hay una parte –una parte grande– en donde River es “artífice de su propio destino”. Esa parte tiene altos y bajos pronunciados. Y acá hay un punto de conflicto: River no es regular, no conoce el “6-7 puntos”. River es 10 ó 4. Es la bomba al ángulo de Ocampos o la aparición sin marcas de Pena y la salvada providencial de Vega con el partido 0-0. Es el pase claro, de cabeza levantada de Cirigliano o es la pifia de Maidana en una pelota fácil. A River le falta el famoso “piso de rendimiento”, esa media que puede bancar la mala tarde de un par de individualidades.

Por ejemplo, ayer Cavenaghi y Domínguez jugaron un mal partido, pese a que tuvieron algunas apariciones con riesgo para el arco de Tauber. Tanto el 9 como el 10 eligieron mal cada vez que tuvieron que hacerlo. O dieron el pase al lugar equivocado o resolvieron solos cuando se imponía la habilitación para un compañero mejor ubicado que, por lo general, era Ocampos. No hubo pases de Domínguez o Cavenaghi a Ocampos,  claramente el mejor de River. Pensar en una acción deliberada me parece mucho. Prefiero creer que ni Cavenaghi ni el Chori tienen la capacidad organizativa de juego que algunos creen que tienen. Son delanteros. De distintas características, pero delanteros. Y los delanteros buscan el área y el arco. Difícilmente abandonen esa idea para abrir el espectro y buscar al compañero mejor ubicado. Hay recuerdos de pases – gol de Chori a Cavenaghi en algunos partidos, pero son excepcionales. La regla no los trae a la memoria como algo habitual. Si ayer, en el segundo tiempo, en lugar de tratar de entrar por el medio o de jugar la pelota entre ellos dos como en el papi, Domínguez y Cavenaghi hubiesen explotado a Ocampos –favorecido por el nulo oficio de Pena como lateral y la falta de retroceso de Rossi por el carril derecho– River hubiese deleitado a la multitud que lo acompañó con un resultado de números extraordinarios.

Esto que fue evidente más la discusión/pelea de Cavenaghi y Domínguez debería llamar la atención de  Matías Almeyda y su cuerpo técnico. Es cierto que la pelea de Chori y Cave se dio en el contexto de un partido y que, tal vez, no pase de ahí, pero habla de un estado de nervios que, al menos en el partido contra Chacarita, no estaba justificado. Entonces, habría que pensar que dentro del plantel y entre dos tipos que son líderes, las cosas no están como debieran. Es una prueba de fuego para la capacidad de mando de Almeyda. Lo que pasó es grave. Quienes jugamos al fútbol sabemos que dentro de una cancha, aún jugando por nada, estas cosas suceden, uno se calienta y discute cualquier cosa con cualquiera.

Pero una cosa somos nosotros, en un picado, panzones y grandes y otra cosa es la Primera de River. Es otro precio. Nadie les pide que no se calienten. Pero esas cosas, en el fútbol profesional, tienen lecturas, orígenes, repercusiones y coletazos. Esta semana, intentarán bajarle el tono, dirán que ya está, que son cosas que quedan dentro de la cancha, que River está “por encima de los hombres y los nombres”… Pero es un llamado de atención fuerte y claro para Almeyda.

El Pelado debería prestar atención a esto y a Lucas Ocampos, un pibe que juega maravillosamente, que tiene gambeta, remate, determinación, llegada, fuerza y al que los líderes le pasan la pelota mucho menos de lo que River necesita…

 

Gerardo Martino, alma y corazón rojinegros.

Lo primero que el Tata Martino cambió en Newell’s fue la expectativa. Su sola presencia generó un movimiento popular inédito, al menos en el último año y medio de visitas leprosas a la Capital Federal y Gran Buenos Aires.

Hay que recordar que Newell’s no gana un partido oficial desde agosto del año pasado, cuando convirtió un 0-2 en 3-2 en Córdoba contra Belgrano, todavía con Javier Torrente como DT. Y también hay que tener en cuenta el promedio de Newell’s: tiene 128 puntos reales. La posición de San Lorenzo (hoy en puesto de promoción) le queda peligrosamente cerca. Si bien no corre un peligro inminente, el sentido común indica que si en el Clausura repite la campaña del Apertura 2011 (ganó sólo el partido con Belgrano, perdió 5 y empató 13) las cosas desmejorarán abruptamente en un futuro muy cercano.

Hablar sobre los valores afectivos del Tata Martino para con Newell’s sería ocioso. Todo el mundo los conoce y ya se han mencionado hasta el hartazgo. Acaso dos puntos salientes de la vida de Martino definan mejor que nada la decisión de tomar este equipo, aún en las condiciones que lo tomó:

1. En 2003, año del centenario de Newell’s, Martino fue elegido el jugador más importante de la historia del club.

2. Martino es el futbolista que más veces se puso la camiseta rojinegra en la historia: 505.

Martino se fue a hacer su carrera de entrenador a Paraguay después de un fugaz paso por Colón y regresó como un DT consagrado, capaz de maximizar los recursos de un plantel formado por juveniles de pocos partidos en Primera, mayores con ganas de irse (Bernardi estuvo a punto de retirarse) e ignotos jugadores de países limítrofes.

Aceptó a Newell’s, después de haber rechazado a Independiente, Racing y la Selección Colombia. Se sentó con sus ayudantes y tomó la lista. “Hay poca plata”, le dijeron. “Traigan a Víctor López y a un lateral”, contestó el Tata. Llegó Víctor López, tras una salida conflictiva de Banfield y el lateral que llegó es Juan Guillermo Domínguez, sin lugar en Estudiantes.

Con eso y lo que había, Martino tiene que armar un equipo para estar a la altura de lo que exige Newell’s, que es, ni más ni menos, estar entre los cinco primeros del torneo. ¿Podrá? Su capacidad no está en discusión, más allá de que pueda o no levantar a un plantel que viene rodando por la pendiente de manera peligrosa.

Debutó en La Plata contra Estudiantes. Mantuvo a Sebastián Peratta en el arco. Peratta fue el único jugador que estuvo en los 19 partidos del torneo anterior. Si en un puesto Newell’s no tiene problemas, es en el arco. Después, armó dos líneas de cuatro, bien apretadas y bien “anchas”, para impedir que Estudiantes lo lastimara por las bandas. Incluso con jugadores jóvenes o que no son justamente especialistas. Vergini y Vangioni cubrieron los costados, Pellerano y el debutante Víctor López el medio. Apenas adelante, se pararon Pablo Pérez, Mateo, Bernardi y Víctor Figueroa. Sperdutti y Urruti fueron los puntas.

Nada del otro mundo. Ni los apellidos leídos en la nómina ni lo que hicieron dentro de la cancha. Pero algo fue sustancialmente mejor: la disposición táctica, la concentración para hacer lo que estaba planificado. Se descuidó en el último cuarto de hora del primer tiempo. Fue allí cuando Mercado le ganó tres o cuatro veces la espalda a Vangioni y Figueroa apareció fundido. Nadie siguió al ex Racing y Newell´s se vio complicado. Tan complicado que cedió dos corners y, en el segundo de ellos, López le hizo penal a Desábato.

Acá empiezan las diferencias con el ciclo anterior. Con un cachetazo como el gol de Estudiantes, todos supusimos que el mayor peso individual del cuadro de Azconzábal iba a influir. Pero en el segundo tiempo todo cambió. Martino reclamó la concentración de aquella media hora inicial y dispuso a los volantes centrales de otra manera: Mateo quedó para la recuperación y Bernardi se adelantó para que Estudiantes no saliera cómodo o, directamente, no saliera.

Esta modificación de los “cincos” fue clave. Bernardi debe haber sido el jugador de Newell’s que más tuvo la pelota en el segundo tiempo y Mateo se quedó con el 90 por ciento de los intentos de ataque y contraataque de Estudiantes. En una de esas recuperaciones de pelota de Mateo, llegó el empate de Urruti.

Y a partir de allí, Newell’s pasó otra prueba. Lejos de meterse atrás a aguantar los embates de tipos pesados como Boselli, la Gata, Braña, Mariano González y todo lo que hoy Estudiantes puede poner en una cancha, peleó la posesión de la pelota, resistió la posición en el medio y terminó el partido absolutamente instalado en las cercanías de Andújar. Incluso, con un mayor compromiso de Leandro Torres o mejor puntería en un par de pases profundos, pudo haber ganado el partido.

Reitero que lo de Newell’s no fue nada del otro mundo, pero fue diferente a lo que hacía. Tuvo mayor jerarquía, tuvo presencia real en campo rival. Estudiantes  no le creó ninguna situación de gol en el segundo tiempo, Newell’s atacó todo el lapso de partido en el que estuvieron 1-1. Fue ordenado, concentrado y algunas actuaciones individuales estuvieron por encima de la media.

Es el primer partido y así hay que tomarlo. Pero si la revolución no la hace Martino, no la hace nadie. El Tata nació por y para Newell’s. Ayer, hoy y siempre.

Hay tres jugadores de River que, hasta antes del partido con Quilmes, no habían debutado y poseen apellidos cuanto menos conocidos como para reclamar un lugar en un equipo que los fue a buscar: César González (el Maestrico), Luciano Vella (el Tano) y Cristian Ledesma (el Lobo). Este último, ayer hizo su aparición en Quilmes y todo parece indicar que, del trío mencionado, será el primero que se quede con el puesto. Vella jugó en el partido preliminar contra el Cervecero. La lesión de Abecassis podría ubicarlo entre los once, si es que Matías Almeyda opta por un lateral con proyección en vez de, como ocurrió en el 1-1 con Quilmes, colocar a un central por un costado, tal el caso de Alexis Ferrero. Seguramente, Almeyda tendrá que utilizar su semana de trabajo para mitigar el potencial enojo de Ferrero, si es que elige –como creo debería– al ex jugador de Newell’s e Independiente. El Maestrico (de gira con la Selección de Venezuela) deberá esperar.

El partido contra Chacarita fue, hasta ahora, el único de características particulares. Era el debut, era un compromiso ante lo desconocido, llovía y Juan Manuel Díaz logró el gol a los 6 minutos. O sea, River logró el gol pronto y eso le permitió jugar con cierta tranquilidad. También tuvo otra ventaja que parece menor, pero no lo es. Como era la primera fecha, no había antecedentes de partidos en el torneo ni tampoco se sabía cómo podría jugar un equipo dirigido por Almeyda. Héctor Rivoira, el DT de Chacarita, sólo podía manejarse por el pasado de varios de los hombres millonarios, pero no tuvo la chance de analizar a River como expresión colectiva.

En cambio, ya en el segundo partido, el DT de Independiente Rivadavia (que ya no lo es) Enrique Hrabina, contó con elementos como para armar una estrategia y diseñar una táctica que pudiera controlar los movimientos colectivos de River. Lo consiguió durante un lapso de 19 minutos. Los mendocinos se pusieron 1-0 y pegaron un tiro en el palo. Pero bastó que Ocampos pusiera el 1-1 para que el mundo feliz de Independiente Rivadavia se derrumbara. Después, River ganó 3-1. Tampoco fue sencillo: en el momento en el que Sánchez hizo el tercero, Ferradas acababa de perderse el empate.

Desamparados y Quilmes le prepararon el mismo dispositivo. Apretarlo en las bandas, quitarle espacio de maniobra al Chori Domínguez estrechando líneas entre defensa y mediocampo y que el doble cinco se ocupara de Carlos Sánchez, según fuera por la derecha o la izquierda. Desamparados y Quilmes no tienen lo mismo, por eso el dispositivo de los sanjuaninos no pudo con Ocampos y lo perdió a Sánchez en la jugada del primer gol. Por eso, Quilmes le generó tres situaciones claras a Chichizola y fue el primer equipo que no perdió con River en el torneo.

El punto es que, aunque Quilmes empató sobre la hora, el resultado tuvo mucho que ver con el trámite. Y el trámite no lo favoreció nunca al cuadro de la Banda Roja. Con Desamparados tuvo la fortuna de encontrar un gol en un mal momento y con Quilmes también. El tema vino después. Desamparados –al igual que los mendocinos siete días antes– se cayó anímicamente después del gol de River y dio posibilidades y espacios para hacer otro. Quilmes no. Quilmes fue mejor que River todo el primer tiempo y absorbió mejor que sus antecesores la circunstancia del gol de Cavenaghi, en la única llegada millonaria en ese lapso. Y en el segundo tiempo, salvo por dos estupendas jugadas del Chori Domínguez mal terminadas, el cuadro de Almeyda no pudo poner a ningún jugador frente a Trípodi con chances claras de liquidar el partido. El segundo tiempo de Quilmes no fue como el primero, pero siempre estuvo amenazante. El gol sobre la hora fue un premio a lo hecho en los 89 minutos anteriores.

Repetir la misma formación de un partido al otro tiene un dato positivo: el DT piensa que se entenderán bien y que formarán una fuerza conjunta, sólida, que tendrá movimientos aceitados. Pero también da información precisa a los técnicos rivales. Bonetto (DT de Desamparados) y Caruso Lombardi (DT de Quilmes), con quienes hablé en las previas de sus partidos con River, me dijeron casi lo mismo, ante la pregunta de “¿Qué van a hacer ante River?”. Quilmes tiene más que Desamparados y esto se vio en el campo del Estadio Centenario.  No sólo tiene más en valores individuales, sino también colectivos. Trípodi, Garnier, Caneo, Corbalán y Cauteruccio –casi la mitad del cuadro– se quedaron después de hacer un aceptable Clausura 2011. El resto, está conformado por gente de experiencia en la división. Fue un rival durísimo para River, lo exigió al máximo. Desamparados, en cambio, presentó ocho jugadores que no habían estado en el club en la temporada anterior.

River mostró deficiencias, sobre todo, a la hora de tener la pelota. Justamente, eso de repetir el equipo le complicó la vida a Almeyda. Era un partido para Ledesma. Quilmes dejó libre a Nico Domingo y le permitió recibir de espaldas. En cuanto quiso darse vuelta, fue devorado por la presión de los volantes quilmeños y, obligado, dio mal casi todos los pases. El Lobo, más experimentado y con una mejor capacidad de distribución, no la hubiese pasado tan mal como Nico, más preparado para el esfuerzo.

Esta semana, el Pelado Almeyda tendrá que tomar decisiones importantes en cuanto a la formación del equipo que afrontará el compromiso con Defensa y Justicia. Vella o Ferrero por Abecassis (si es que finalmente no puede recuperarse), Ledesma o Nico Domingo. Son decisiones que cualquier entrenador debe ir tomando, en cuanto el camino vaya presentándole obstáculos. Pero, en el caso de River, toman mayor trascendencia porque esta vez no ganó.

Y sin la victoria, los defectos –parece mentira– se ven más claros.

 

GOLES DE QUILMES 1 – RIVER 1

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